Inicio » Content » JUAN CASIANO: “CONFERENCIAS” (Conferencia VI, capítulos 3-4)

Capítulo 3. Sobre las tres [categorías] de cosas que hay en el mundo, es decir: las buenas, las malas y las indiferentes

Abba Teodoro sostiene que “los únicos bienes verdaderos son las virtudes, y los verdaderos males solo son los pecados; el resto no son sino bienes y males aparentes, que se pueden decantar en una u otra dirección. Al permitir que sus santos sean perseguidos, Dios no les inflige verdaderos males. Job, que supo abstenerse del pecado en sus pruebas, es el modelo de esos santos que el mal alcanzó solo en apariencia”[1].

Lactancio (+ hacia 320) así reflexionaba sobre esta misma temática:

“A nadie debe, pues, parecer extraño que seamos castigados por Dios a causa de nuestros frecuentes delitos. Es más, cuanto más vejados y apretados seamos, tantas más gracias demos al indulgentísimo padre, que no permite que nuestra corrupción vaya adelante, sino que la corrige con castigos y azotes. Comprendamos de ahí que somos objeto de la preocupación de Dios, ya que se enfada con nosotros cuando pecamos. Efectivamente, cuando podía haber concedido a su pueblo riquezas y reinos, como antes lo hizo con los judíos, de los cuales somos sucesores y descendientes, en lugar de ello, quiso que su pueblo viviera bajo el mando y gobierno ajeno, para que no cayera en la lujuria, corrompido por la prosperidad, ni despreciara los preceptos divinos, como hicieron nuestros antepasados, los cuales, debilitados con frecuencia por estos bienes terrenales y frágiles, se apartaron de la disciplina de Dios y rompieron los lazos de la ley”[2].

 

Tres clases

3.1. En este mundo, todas las cosas son de tres clases: buenas, malas e indiferentes[3]. En consecuencia, debemos saber qué es propiamente lo bueno, qué lo malo y qué lo indiferente, para que nuestra fe, sostenida por el verdadero conocimiento, permanezca inconmovible en todas las pruebas.

 

Lo bueno y lo malo

3.1a. Pues bien, en las realidades humanas nada merece ser tenido por bien principal sino únicamente la virtud del ánimo, que nos conduce con fe sincera hacia las cosas divinas y nos adhiere sin cesar al bien inmutable. Y, a la inversa, nada hay que reputar por malo como tal, sino solo el pecado, que nos separa del Dios bueno y nos une al demonio malvado.

 

Las realidades indiferentes

3.2. Las cosas indiferentes son las que pueden moverse hacia una y otra parte, según el deseo y el arbitrio del utente, como la riqueza, el poder, el honor, la fuerza corporal, la salud, la belleza, la vida misma y la muerte, la pobreza, la enfermedad de la carne, las injurias y otras cosas semejantes a estas, las cuales pueden tener efectos buenos o malos conforme a la disposición y el deseo de quien se sirve de ellas.

 

Testimonios bíblicos sobre el uso de las riquezas

3.2a. Pero también la riqueza frecuentemente produce algo bueno, según el Apóstol que “manda a los ricos de este mundo dar con largueza, repartir con los indigentes, atesorando en vistas del bien futuro para que, por medio de estas cosas, se apoderen de la vida verdadera” (cf. 1 Tm 6,17-19). Y, según el Evangelio, son cosas buenas para aquellos que “se procuran amigos con las riquezas injustas” (Lc 16,9)[4].

 

El mal uso de las riquezas

3.3. Estas cosas, otras veces, pueden estar dirigidas hacia el mal, cuando solo se acumulan o se amontonan para la lujuria, y no para ser dispensadas para el uso de los indigentes.

 

Los santos del Antiguo Testamento

3.3a. Igualmente, que el poder, el honor, la fuerza corporal y la salud son indiferentes y dirigidos según la conveniencia, con facilidad se comprueba a partir del hecho que muchos santos en el Antiguo Testamento poseían todas estas cosas y, siendo muy ricos, en el culmen de la dignidad y poseyendo vigor corporal, se sabe que fueron muy gratos a Dios.

 

Los que usan mal los dones que han recibido

3.4. Y de manera diversa, quienes han usado mal estas cosas y las han desviado hacia el servicio de su iniquidad, no inmerecidamente fueron castigados o aniquilados, lo que con frecuencia se indica en el libro de los Reyes.

 

Testimonios bíblicos: Juan Bautista y Judas

3.4a. Que también la vida misma y la muerte son indiferentes lo declara el nacimiento de Juan y el de Judas. De uno, en efecto, la vida fue provechosa tanto para sí mismo como para otros, y se dice que su nacimiento trajo alegría, según aquello [que está escrito]: “Y muchos se alegrarán por su natividad” (Lc 1,14). Sobre la vida del otro, en cambio, se dice: “Más le valdría a aquel hombre no haber nacido” (Mt 26,24).

3.5. También sobre la muerte de Juan, como la de todos los santos, se dice: “Preciosa en presencia del Señor es la muerte de sus santos” (Sal 115 [116],5 [15]). Pero sobre Judas y los que son como él: “La muerte de los pecadores es pésima” (Sal 33 [34],22).

 

Lázaro

3.5a. La beatitud del pobre Lázaro ulceroso demuestra como también algunas veces la enfermedad del cuerpo puede ser útil. La Escritura no recuerda ninguna otra virtud de él, a excepción de que toleraba con mucha paciencia la miseria y la enfermedad del cuerpo, y mereció poseer la beatísima heredad del seno de Abraham (cf. Lc 16,20-22).

 

El testimonio del apóstol Pablo

3.6. Incluso las privaciones, las persecuciones y las injurias, que se son consideradas malas en opinión de toda la gente, se comprueba manifiestamente que son útiles y necesarias, ya que los santos varones no solo nunca quisieron evitarlas, sino que también, con gran virtud, las han deseado y las han tolerado con fortaleza, mereciendo ser amigos de Dios y recibir los premios de la vida eterna, a lo que el beato Apóstol conviene [diciendo]: “Por eso yo me complazco en las debilidades, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte, porque la virtud se perfecciona en la debilidad” (2 Co 12,9-10).

 

Las realidades indiferentes

3.7. Por eso aquellos que son ensalzados por sus grandes riquezas, sus dignidades y sus poderes de este mundo, no deben creer que han obtenido el bien principal, que se establece solo por las virtudes, sino unas realidades indiferentes; porque como se encuentra que ellas son útiles y buenas para los justos que las utilizan rectamente y por necesidad -pues engendran la ocasión para obras buenas y frutos en orden a la vida eterna-, así para aquellos que abusan de ellas de mala manera devienen inútiles y dañinas, siendo ocasión de pecado y de muerte.

 

Capítulo 4. Que no se puede causar daño a nadie contra su voluntad

El don de la libertad

4.1. Reteniendo esta división como fija e inmutable, y sabiendo que nada es bueno a no ser la sola virtud, que proviene del temor y del amor de Dios; y que el mal no es sino el pecado y la separación de Dios, ahora diligentemente examinemos si acaso Dios haya permitido que el mal fuera introducido en sus santos, por Él o por otro. De lo que, sin duda, no encontrarás jamás rastro de ello, porque nunca alguien pudo hacer mal a otro contra su voluntad o contra su resistencia, sino solo a aquel que lo había recibido en sí mismo por la ignavia de su corazón y de su voluntad corrompida.

 

El testimonio de Job

4.2. Y, en conclusión, cuando el diablo quiso inferir al beato Job el mal del pecado, y se sirvió de todas las maquinaciones de su maldad, no solo lo despojó de todos sus bienes, sino que también lo privó de sus siete hijos, después de haberle causado un atroz e inesperado dolor por la muerte de ellos; y lo golpeó con un pésimo e intolerable sufrimiento desde el vértice de la cabeza hasta la planta de los pies; pero nunca pudo infligirle mancha alguna de pecado, pues en todas estas situaciones permaneció inconmovible y no prestó asentimiento a la blasfemia (cf. Jb 1,13-22; 2,7-10)».


[1] Vogüé, pp. 223-224.

[2] Lactancio, Instituciones divinas, V,22,13-14; trad. en: Lactancio. Instituciones divinas. Libros IV-VII, Madrid, Ed. Gredos, 1990, pp. 173-174 (Biblioteca Clásica Gredos, 137).

[3] Lit.: medius: lo intermedio, indeciso, neutral.

[4] Lit.: iniquo mamona.