LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (21)

No querer ser llamado santo antes de serlo, sino serlo primero para que lo digan con verdad.

Poner por obra diariamente los preceptos de Dios,

amar la castidad,

no odiar a nadie,

no tener celos,

no tener envidia,

no amar la contienda,

huir la vanagloria.

Venerar a los ancianos,

amar a los más jóvenes.

Orar por los enemigos en el amor de Cristo;

reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna discordia.

Y no desesperar nunca de la misericordia de Dios.

Estos son los instrumentos del arte espiritual. Si los usamos día y noche, sin cesar, y los devolvemos el día del juicio, el Señor nos recompensará con aquel premio que Él mismo prometió: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre lo que Dios ha preparado a los que lo aman". El taller, empero, donde debemos practicar con diligencia todas estas cosas, es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad (Capítulo 4, versículos 62-78).

De las trece últimas máximas, más de la mitad conciernen a las relaciones fraternas y se asemeja a la sección sobre la paciencia, inspirada en el Sermón de la Montaña, que hemos leído más arriba. Después de dos puntos que recomiendan la conformidad del ser y el parecer, y de los actos con los preceptos divinos, “amar la castidad” (Jdt 15,11) hace pensar en “amar el ayuno”. Las dos ascesis son conexas y ambas requieren no ser sufridas como privaciones sino amadas como liberaciones.

Fundado en el Antiguo Testamento (Lv 19,17; Dt 23 8) y prescrito por la Didajé, “no odiar a nadie” parece no ser más que un esbozo imperfecto del gran mandamiento del amor al prójimo. Sin embargo, se tiene allí un test global muy seguro de la verdadera caridad, sobre la cual los tres puntos siguientes detallan sus aspectos particulares.

“Huir la vanagloria” anuncia el capítulo capital de la humildad, mientras que las dos máximas siguientes, sobre los sentimientos recíprocos de jóvenes y ancianos, dejan prever la reglamentación de los rangos y las relaciones fraternas (RB 63,1-9). Estos tres artículos son propios de Benito, que agrega también la oración por los enemigos (Mt 5,44). Nada le interesa más, lo veremos, que las buenas relaciones entre hermanos, de las cuales el Maestro se preocupaba bastante poco. Por eso, tomando dos máximas sobre la concordia (vv. 68 y 73), inserta entre ellas este pequeño desarrollo personal, que comienza prohibiendo la causa de toda protesta -el orgullo- y termina prescribiendo orar por los detractores, sin esperar hacer la paz con ellos, lo que debe tener lugar “antes de la caída del sol” (cf. Ef 4,26). Se piensa en la recitación solemne del Pater, en maitines y vísperas, para el perdón mutuo de las ofensas (RB 13,12-13).

El último artículo es uno de los más bellos. Benito cambia allí a “Dios” por “la misericordia de Dios”. Más allá de las sentencias sobre la esperanza en Dios y el don de la gracia, que hemos encontrado a mitad del capítulo, esta conclusión nos remite al gran mandamiento que inauguró el catálogo. El primer instrumento era amar a Dios, el último es no dudar nunca de su amor.

La penúltima máxima del Maestro “obedecer de todo corazón a todos los buenos”, es omitida. Antes de terminar su Regla, Benito agregará un capítulo sobre la obediencia mutua. En el conjunto, su catálogo de “instrumentos” es apenas más largo que el del Maestro. La conclusión de este, al contrario es más abreviada. Reemplazando un largo cuadro del paraíso por una simple frase de san Pablo (1 Co 2,9), luego omitiendo dos listas de virtudes y vicios, Benito guarda solamente la evocación del monasterio como “taller” -simplificándolo mucho- donde se practica el arte espiritual. Sus últimas palabras recuerdan la conclusión del Prólogo, pero la “perseverancia” del Maestro es aquí reemplazada por un término nuevo: “estabilidad”, de la cual veremos la importancia al final de la Regla.