VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (34)

El responsable de los novicios

Éste (en la RB nunca se habla del “padre Maestro”) puede relacionarse con los seniors. Él también debe atender con “solicitud” a aquellos que se le han “delegado”. Su papel es sin embargo muy particular. Debe “velar atentamente” sobre ellos para discernir lo que viven profundamente y asegurarse “que buscan verdaderamente a Dios” y “saben a qué se comprometen” (RB 58,7 y 12). De ahí la única cualidad que se le pide: “apto para ganar almas” (58,6).

 

El prior

No goza de muy buena imagen en la RB. Ésta muestra más bien todo lo que él no debe ser: un segundo abad.

Él es, en efecto, el “segundo” del abad, lo que no es lo mismo. En casi todas las organizaciones humanas, hay un “segundo” al lado del responsable importante; es casi una ley de los grupos. Su papel es a menudo difícil de definir, y sin embargo, puede ser de una gran importancia. Supliendo al abad en caso de impedimento provisorio, escuchando o viendo lo que el abad no puede entender ni ver directamente, intermediario a veces entre él y los hermanos, el prior puede tener un papel considerable sobre la calidad de las relaciones en la comunidad y sobre su espíritu.

La RB describe un cuadro que es exactamente opuesto de lo que pudiese haberse esperado de él: lo muestra como factor de división más bien que de unidad y denuncia la causa de esto en el hecho que él ha sido nombrado por una autoridad exterior. Nombrar, desde afuera, a un “segundo” al lado de un responsable, es ordinariamente signo de desconfianza, y es poner en un lugar tanto a un espía como a un competidor. Es por eso que el abad mismo elegirá a su prior, para que su confianza mutua no esté viciada en el origen. Es por eso también que, si la comunidad estima que un prior es útil, ella no lo impondrá al abad sino que lo pedirá por razones objetivas y el abad lo nombrará con el consejo de los hermanos temerosos de Dios. Todo debe hacerse en un clima de confianza si se persigue una obra constructiva real. Más que los seniors, el prior es el que hace lo que manda su abad (RB 65,16); no tiene responsabilidad propia directa, lo que no quiere decir que no deba obrar personalmente, con todo lo que ello implica en el aspecto humano; pero verdaderamente es el “segundo” del abad en tanto que prior. El lugar del “segundo” es difícil, exige mucho olvido de sí y coraje.

“Si es posible, provéase a todas las necesidades del monasterio, como antes establecimos, por medio de decanos, según disponga el abad” (RB 65,12). El retorno a los grupos ha modificado considerablemente el papel del prior desde hace algunos años. Sin embargo, no parece que ya no tenga razón de ser, muy por el contrario. Pero el equilibrio de las nuevas responsabilidades propias está por descubrirse...

 

Los servicios de la comunidad

Con el capítulo 31, “Del mayordomo”, se abre la parte más larga de la RB. Concierne a la organización de los “servicios” comunitarios.

Todos estos “servicios”, de diversa importancia, constituyen la vida corriente de la comunidad como de toda comunidad humana. Todos representan una participación en la responsabilidad común, incluso a veces considerable, como, por ejemplo, el que corresponde a los mayordomos. La complejidad misma de las condiciones de vida aumenta aún más estas responsabilidades, siendo cada uno más o menos el único juez en su propio dominio. La “capacidad” es un valor del que se puede cada vez menos prescindir.

Pero estas responsabilidades, a diferencia de las precedentes, no son directamente responsabilidades frente a personas, sino más bien en relación a tareas a asegurar, a obras a cumplir. Su influencia es sin embargo preponderante a menudo, incluso para el bien espiritual de las personas; es por eso que estas responsabilidades no pueden ser administradas en su nivel, sino siempre en armonía profunda con el fin de la comunidad y el bien de los hermanos. También esto se tendrá que revisar.

 

Conclusión

La comunidad está compuesta por voluntarios, hombres que han elegido poner en común su búsqueda de Dios en un compartir total de vida. Este compartir comprende también compartir de la responsabilidad del conjunto. A algunos, se les pide tomar una parte más activa en esta responsabilidad. Las Constituciones y Declaraciones de cada congregación monástica regulan la designación de los principales responsables y otras cuestiones de este orden.

La RB prevé que el abad nombre él mismo a todos estos responsables (RB 65,11). El derecho actual no cuestiona este principio, incluso si ha establecido algunos criterios más precisos para legitimar la elección del abad. Aparte de los consejeros elegidos, que son más representantes de la comunidad que responsables activos, es el abad el que todavía instituye cada función en la comunidad, aunque con el parecer de los hermanos. Es quizás su más pesada responsabilidad. Mayor sin duda que el de las estructuras, la comunidad y su porvenir dependen, en efecto, de hombres que hacen marchar sus estructuras. Estos hombres son responsables ante la comunidad, a la cual ellos aseguran el servicio, y, por consiguiente, ante el abad que los ha nombrado a este efecto. Más que los demás, ellos crean el espíritu de comunidad y su unidad o degradación.

Las responsabilidades son una gracia. Ellas exigen mayor esfuerzo. Con sus preocupaciones y sus penas, traen también sus gozos. Ellas no se piden ni se rechazan, sino que se aceptan con espíritu de obediencia y de amor a los hermanos.

Comportan un riesgo. Sus dificultades, a veces muy pesadas, pueden crear ilusiones. Pueden volverse un alimento suficiente y llevar al monje a preocupaciones y actividades que cualquier hombre tiene al asumir una responsabilidad de este género. Pueden entonces distraernos y volverse una excusa, que nos aparta de la verdadera prueba de la vida monástica en el silencio y la soledad, que conocen mejor los hermanos cuya vida permanece más escondida.