VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (14)

RB 5. La obediencia sin demora (vv. 1-10)

La RB multiplica las precisiones: sin demora…, pronta…, sin sufrir dilación…, dejando al momento sus asuntos…, abandonándolos sin acabar…, en alas de la obediencia…, en un solo momento se suceden la orden y la obra…, etc.

Es difícil ser más explícito. Todo este texto suscita un impulso vigoroso que pone en movimiento sin dudar. Una verdadera experiencia monástica implica la experiencia de tomar literalmente esta exigencia de la RB. Es la única manera de entrar en su espíritu. Nadie puede hacer este camino en lugar de otro.

Tomando y retomando este camino, con el saber de experiencias precedentes, se comprende aun más el sentido. Esta rapidez en la ejecución de la que habla la RB no es, en efecto, la precipitación exterior. Ésta no es siempre la mejor forma de obediencia. Puede incluso tomar la delantera y dejar pasar al costado el fin, que es ante todo la apertura hacia el otro por amor. Una obediencia no reflexionada puede dejar intacta una actitud centrada sobre uno mismo y su propia perfección. Además, esta actitud puede finalmente reducir la obediencia a puntos menores que, por sus precisiones, favorecen justamente esta obediencia inmediata y puntual. Ella puede impedir ver actitudes de obediencia mucho más comprometidas y que exigen mayor atención de espíritu.

La obediencia “sin demora” es aquella que recibe en un solo momento lo que se dice, la que se despoja de todos esos obstáculos del orgullo, del egoísmo, de la susceptibilidad que nos impiden incluso a veces ser alcanzados por lo que se nos pide; se llega incluso a no escuchar más. La obediencia “sin demora” de la que se trata aquí es aquella que da la verdadera libertad interior, la libertad frente a sí mismo, la verdadera disponibilidad. Y al mismo tiempo, es el camino que conduce a esta libertad. En este sentido, es educadora, formadora.

Esta verdadera disponibilidad no suprime las demoras necesarias para una verdadera obediencia responsable. Es mejor no lanzarse demasiado pronto, inclinando la cabeza, en una obediencia inmediata, y avanzar, en cambio, delante de Dios, en conciencia, resueltamente, pero a su ritmo, en una obediencia “personal”. Para el orden exterior de una comunidad es sin duda menos eficaz, pero ayuda a formar comunidades más sólidas. La obediencia no tiene como primer fin la buena marcha de una comunidad, sino la expansión de la caridad en los corazones. No se trata en este capítulo de la organización o del gobierno de la comunidad, lo que se hará más adelante, sino de una doctrina espiritual. Hay que tomar conciencia de la presión de un grupo social para el cual la obediencia es un valor de base. La obediencia puede entonces volverse prácticamente el medio más o menos consciente de una buena inserción en el grupo y ser conducida a la simple necesidad vital de toda vida en sociedad. Sin negar este aspecto cierto de la obediencia, ésta debe ser ante todo el camino personal de aquél que se compromete en el seguimiento de Cristo. De ahí la importancia de precisar las motivaciones de la obediencia.

 

Las motivaciones de la obediencia

La obediencia del monje es elegida y querida. La RB ofrece aquí una de las definiciones del proyecto monástico. Los monjes son hombres que, “no viven a su capricho ni obedecen a sus propios deseos y gustos, sino que andan bajo el juicio e imperio de otro, viven en los monasterios y desean que los gobierne un abad” (RB 5,12).

Esta es una de las frases claves de la Regla, en plena armonía con lo que ya se ha dicho. La RB propone a aquél que quiere vivir verdaderamente el Evangelio, el medio muy particular de una vida de comunidad muy fuerte, bajo una regla y un abad (cap. 1), favoreciendo la salida de sí mismo y la apertura a los demás (caps. 71 y 72). Ya al final del Prólogo, se había dicho que todo sería organizado en vistas de “la liberación de los vicios y el buen desarrollo de la caridad”, lo mismo al final del capítulo séptimo. Lo que se dice aquí es la actitud normal de aquel que, libre y lealmente, elige este medio, el de la RB, entre muchos otros que podría escoger. Pero adoptar este medio objetivo de la RB no basta. Una actitud interior y subjetiva debe corresponder a esto. De esta actitud se trata aquí. Ella es un don del Espíritu. Se ha podido hacer de ella el carisma propio de la vocación monástica[1]. Sin él, esta vida podría volverse destructiva de la personalidad.

Desde los orígenes, en efecto, el deseo de encontrar un “padre espiritual” ha impulsado en los cristianos la búsqueda de un hombre de Dios que los ayude a salir de su egoísmo, y a quien ellos pudieran remitirse para trazar su camino espiritual. Se unían así a una larga tradición bíblica e incluso, más lejana todavía, a una tradición de sabiduría casi universal[2].

Este ponerse uno mismo en manos de otro era mirado, en el desierto, como el medio radical para evitar las ilusiones de repliegue de sí por el egoísmo o por el orgullo, y para asegurarse el hacer la voluntad de Dios y no la suya propia. Los relatos y las palabras de los “Padres” son a menudo simples variaciones sobre este tema. El cual se encuentra igualmente en la tradición cenobítica, y en particular en las primeras palabras del Prólogo de la RB. Pero situado ahora en el marco institucional de una comunidad cenobítica. El tema de la paternidad del abad experimenta entonces una modificación profunda. Lo que era “docilidad espiritual” se convierte en una “obediencia” en sentido estricto, pero conservando la misma doctrina espiritual. De esto dimanarán serios inconvenientes. Lo veremos cuando hablemos del abad.

Aparentemente hoy somos más alérgicos a esta presentación. Toda idea de “ponerse en manos de otro”, sobre todo en materia de “juicio”, nos choca. Estamos legítimamente mucho más atentos a la conciencia y a la responsabilidad personal. Un mejor conocimiento de nuestras motivaciones inconscientes nos vuelve desconfiados hacia un deseo más espontáneo de obediencia, que escondería una cierta renuncia o abdicación de nuestras responsabilidades. Una crítica más atenta de este deseo es, por tanto, necesaria. Sin embargo, no debe llegar a negar este otro aspecto de la madurez que las mismas ciencias humanas, para permanecer en ese nivel, subrayan también cada vez más: la capacidad para un hombre de hacerse controlar, de poder exponer a otros sus propias motivaciones, de aceptar no ser el único juez de su propio caso. Vemos hoy desarrollarse las instancias de “supervisión”, de “diálogo”, de “intercambio”, que responden a esta renuncia del hombre, muy particularmente cuando se trata de decisiones o de opciones de vida que comprometen más. Van en este sentido los esfuerzos actuales hacia todo lo que se llama de cerca o de lejos “revisión de vida”. Lo que en otro tiempo era requerido más a una relación personal, ahora es más requerido a una relación grupal.

Un restablecimiento análogo hay que hacer desde el punto de vista de la fe. La obediencia es presentada como lo que asegura el hacer la voluntad de Dios: “En cuanto el superior les manda algo..., como si Dios se lo mandara... Porque la obediencia que rinde a los mayores, a Dios se rinde” (RB 5,4. 15). Aquí también, ya no vemos las cosas tan simplemente. Tenemos una concepción más amplia de la voluntad de Dios y de su búsqueda. Había, subyacente a esta espiritualidad, una teología que no es del todo la nuestra, y sobre la cual habrá que volver con más tranquilidad. Pero aquí también la crítica que debemos hacer no puede llegar a negar este auténtico movimiento espiritual que entrevé un valor propio en la misma obediencia.

En efecto, lo mismo que hay una pobreza “voluntaria”, que va más allá de lo que pide una simple libertad frente a los bienes y busca por amor la pobreza en sí misma, hay también una obediencia “voluntaria” que va más allá de lo que sólo necesitaría la vida común y la búsqueda de un control para evitar los errores. Esta búsqueda voluntaria no es forzosamente mórbida, puede ser un auténtico movimiento espiritual. Esta obediencia “es la que conviene a aquellos que nada estiman tanto como a Cristo” (RB 5,2).

Esta última motivación, que aparece en los primeros renglones del capítulo, es la motivación última, sin la cual la obediencia de la que se trata aquí no tendría más sentido, o más bien toma otro sentido. La obediencia en sí es sólo un medio, no es sino “la senda angosta que conduce a la Vida” (RB 5,11). Está en corazón del instinto espiritual que nos impulsa a la sequela Christi. Nos hace participar en la misma vida de Cristo y nos compromete en su seguimiento, en una comprensión sin cesar renovada de lo que fue realmente la obediencia de Jesús, tal como podemos entenderla hoy siguiendo los trabajos exegéticos de estos últimos años. La obediencia religiosa no queda reducida a una simple sabiduría humana. Ella participa de la “locura” del Evangelio. Es obra del Espíritu en nosotros, es su cualidad propia.

 

La cualidad de la obediencia (vv. 14-19)

“Esta misma obediencia será agradable a Dios y dulce a los hombres” (RB 5,14). La obediencia no es algo molesto impuesto por Dios a los novatos. Este párrafo de la Regla deja de lado la concepción de una obediencia hecha para probar, como para contrariar expresamente, o teniendo una nota penitencial, expiatoria, satisfactoria. El criterio de la verdadera obediencia es la alegría del hombre, del hombre que obedece.

Ella brota del corazón, está en el impulso profundo de la vida, aquel que encontramos sin cesar en el corazón del monje. Cada página de la RB que trata uno de los aspectos importantes de la vida monástica la enraíza siempre en este impulso, este celo del cual hablará a propósito de la admisión de los nuevos hermanos. No es del todo suficiente decir que, para la RB, la obediencia debe ser asumida plenamente. Más que eso, ella está en la misma línea del deseo más profundo. Es la búsqueda de la Voluntad del Padre y de su Obra a cumplir. En su mirada, ella se amplía a las dimensiones de esta Obra. Para retomar la palabra de Cristo mismo, se vuelve un alimento (Jn 4,34). Y es por esto que también ella es la fuente de gozo, como lo es para el mismo Cristo, incluso si igualmente nos asocia a su pasión. “Dios ama al que da con alegría”, es decir con amor...

Si, por el contrario, hay distorsión entre la actitud exterior y la actitud interior, la obediencia no tiene valor. Es más, se vuelve perjudicial, no sólo para aquel a quien ella lo hace “doble”, sino también para la comunidad. Es difícil, en efecto, que esta distorsión no se manifieste hacia afuera, de un modo u otro. Es el mal celo de amargura que la Regla pone de manifiesto como el peor peligro para la comunidad: aqueja a lo que es el motor: el don gozoso y sin doblez de sí. Toda falta de obediencia, sin embargo, no tiene este carácter corrosivo. Puede ser el signo de una lucha interior o de una dificultad que exige respeto y esfuerzo de comprensión, para sí mismo en primer lugar, y después para los demás.

 


[1] Dom Gabriel BRASÓ, osb, Carta a las comunidades del 7-2-1975, retomada en L’humble et noble service du moine, Vie Monastique nº 10, Bellefontaine, 1980, pp. 74-77.

[2] Cf. Hervé BRIAND, “La paternité spirituelle: enracinements bibliques”, en La Paternité spirituelle, Séminaire de maîtresses des novices cisterciennes, Laval 1974.