VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (38)

XIII. LA VIDA ECONÓMICA DE LA COMUNIDAD

Hay un tiempo para todo: un tiempo para hablar de la vida espiritual, un tiempo para hablar de la vida material o económica de la comunidad. En realidad no son sino dos aspectos de una sola, misma y única experiencia humana. Lo que separa el pensamiento, en la vida es totalmente “uno”.

Se puede encontrar esta distinción en el texto mismo de la RB. Es indudable que a partir del capítulo 21, “Del mayordomo”, la Regla trata sobre todo cuestiones de gestión, de reparto de bienes, de organización de los recursos del monasterio, etc., a lo largo de veinte a treinta capítulos. Pero estos mismos capítulos están llenos de observaciones de alcance directamente espiritual. Por ejemplo, en el capítulo 57, a propósito de una cuestión de derecho comercial, aparece de pronto una de las máximas benedictinas más conocidas: “Que en todo Dios sea glorificado” (1 P 4,11; RB 57,9).

Esta conexión íntima entre lo espiritual y lo temporal forma parte muy especialmente de la experiencia monástica benedictina. Es parte de su estructura fundamental. Esto ya ha sido señalado a propósito del abad. El monasterio y sus bienes no son sólo el marco cuyo fin sería permitir a sus ocupantes llevar a buen fin una experiencia espiritual. A lo sumo, poco importaría la naturaleza, el origen, las modalidades de este marco con tal que los monjes puedan vacar en la oración, en la obra de Dios en la liturgia y constituir una comunidad fraterna, ferviente y obediente. Esta visión dualista ha sido frecuentemente una de las causas de la perdida de vitalidad de los monasterios haciéndoles perder su enraizamiento y una parte de su significación. La mayoría de las reformas, comenzando por la del CÍster, han trabajado en reinsertar todo este aspecto económico en el corazón mismo de la búsqueda espiritual.

La experiencia benedictina, en efecto, es una experiencia totalizante. Apunta a una realización humana completa; incluye por consiguiente en su mismo modo de vida también lo más concreto. El Evangelio llega hasta allí; debe encarnarse incluso en esta dimensión de la vida. Esto es verdad en el plano de la comunidad, esto es verdad también para cada uno de sus miembros, incluso para aquellos que no son directamente responsables de la gestión de los bienes comunes. La vida de cohabitación que es llevada por todos debe sin cesar asumir cuestiones de orden temporal o económico, y cada uno tendrá que situarse en relación a estos problemas concernientes, por ejemplo, a ventas o compras importantes, a transformaciones onerosas, a organizaciones de trabajos rentables, una integración en la seguridad social, etc. La vida espiritual de cada uno madurará y estará condicionada por los límites y los imperativos de la vida material de la comunidad. Es una de las solidaridades esenciales de nuestra vida.

La cultura actual, por otra parte, nos hace más sensibles a esta dimensión. No nos es posible separar de su base económica y de su estilo de vida el proyecto de una colectividad, o incluso de un particular. Toda su actividad, su testimonio, su significación estarán condicionados por esta situación en la sociedad. Pero dicha situación será más auténticamente juzgada por su inserción económica, y por tanto social, antes que por sus declaraciones de principios. Debemos saber muy bien que nuestras reacciones, incluso aparentemente las más espirituales, están condicionadas por nuestro modo de vida.

La influencia preponderante del modo de vida sobre la vida espiritual es el fundamento mismo de la “pobreza evangélica” y de la actitud cristiana frente a los bienes. La riqueza enceguece y, por los “consuelos” que procura, nos hace poco aptos a la percepción del Reino. La pobreza, al contrario, en el sentido evangélico de la palabra, abre el acceso al Reino. La primera de las bienaventuranzas ha sido siempre entendida y vivida en una perspectiva individual. Hoy ella tiende a comprenderse y a vivirse igualmente en el plano comunitario. El testimonio personal es, en efecto, situado en el interior del testimonio común. Por mucho que se quiera o que se haga, esta pertenencia marca la actitud personal de un coeficiente determinante. Por ella estamos “situados” en un sector social, estamos asimilados a él. En connivencia de hecho con él, nos encontramos igualmente en oposición con otros. Es la dimensión “política” de toda inserción en la comunidad humana, a la cual nadie puede escapar, se tenga o no conciencia de esto. Dimensión a la cual la Iglesia se esfuerza en despertar a los cristianos, sobre todo desde el Concilio.

Es bastante notable que el tema de la pobreza sea tan poco explícito en la RB. En los capítulos 4 y 7, que describen el arte espiritual, no se dice nada en tal sentido. El capítulo 58 no prevé un voto especial de “pobreza”, mientras que ha sido reconocido más tarde, en la Iglesia, como uno de los votos esenciales de la vida religiosa. Cuando se habla de los pobres, se trata siempre de aquellos que están fuera del monasterio y a quienes los monjes deben prestar servicio en cuanto al alimento (RB 4,14), la asistencia (RB 31,9), la hospitalidad (RB 53), etc. La “pobreza” de los monjes se menciona una sola vez, de manera hipotética -“si la pobreza les obliga” (RB 48,7)- con una pizca de nostalgia, es verdad.

La pobreza es no obstante uno de los temas bíblicos y evangélicos más importante. Sin embargo, no es una noción simple. Sus concordancias morales y espirituales son inmensas. Puede indicar toda una manera de ser ante Dios, ante los otros, ante uno mismo. Pero puede ser tomada en un sentido estricto refiriéndose al dominio que hoy llamamos “económico”. Hay una ventaja en conservarle este sentido. Ya que a fuerza de hacerle decir todo, podemos llegar a perder de vista su vigencia.

Incluso si nos atenemos a este aspecto económico, la pobreza puede ser entendida de muchas maneras. Las circunstancias históricas, los llamados del Espíritu la colorean de modos diversos. Ora sea como más ligada al trabajo como penitencia y mortificación (Císter), ora sobre todo como una liberación de todo obstáculo para estar más disponible a las necesidades del Reino (san Francisco); otras veces será vivida profundamente en solidaridad con los más desprovistos (Charles de Foucauld), o como rechazo de todo privilegio, de todo compromiso con las injusticias del mundo. Ninguno de estos aspectos puede ser descuidado, ninguno excluye a los demás; es sólo una cuestión de acentuación, de don del Espíritu. Pero siempre la pobreza evangélica está vinculada con este Espíritu, siempre, sean las modalidades que sean, es un camino hacia la libertad espiritual, hacia una más grande disponibilidad al Espíritu para que Él lleva a término su obra en nosotros y por nosotros.

Este mismo fin es al que apunta la RB dando sus directivas en cuanto al uso de los bienes materiales. No busca solamente conducir a cada uno de los monjes a esa libertad espiritual indispensable para la búsqueda de Dios, sino que hace de tal modo que la misma comunidad, en cuanto tal, sea reveladora de esta misma libertad espiritual permaneciendo inserta, por la fuerza de las cosas, en las estructuras económicas.