CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo “B”

La Anunciación

Siglo XII

Italia

«... La Madre de la Cabeza debe ser también la Madre del Cuerpo místico. María, desde el mismo instante de la encarnación, deviene la Madre de la Iglesia y de los Cristianos; si bien Cristo difiere la solemne proclamación hasta la hora en que, sobre el altar de la Cruz, Él, Pontífice y Víctima, ofrece el Sacrificio del Nuevo Testamento.

María, iluminada por la gracia divina, comprende toda la amplitud de la misión a la cual la lama Dios. En una palabra, ella, nueva Eva, deviene corredentora del género humano.

Dios lo quiere así; toda la creación, como lo describe poéticamente san Bernardo, suplica a la Virgen que no retrase ni un instante su consentimiento. María, humilde y pura, inclina su cabeza al beneplácito divino, y pronuncia una fórmula cuasi consecratoria y sacramental: “He aquí la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Antes Lucas la había llamado Virgen: “A una virgen comprometida con un hombre” (Lc 1,27).

Después la proclamará Madre del Señor: “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,43)»[1].

 


[1] Ildefonso Cardenal SCHUSTER, Un pensiero quotidiano sulla Regola di S. Benedetto. Dalla Prima Domenica d’Avvento alla Seconda dopo l’Epifania, Abbazia di Viboldone, 1950, pp. 104-105.