DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA (Año "A")

«Después de la resurrección del Señor, que fue la de un cuerpo verdadero, porque no otro resucitó sino el que fue crucificado y sepultado, ¿qué otra cosa fue el hecho de los cuarenta días de espera, sino purificar de toda oscuridad la integridad de nuestra fe? Dialogando con sus discípulos, conviviendo y comiendo con ellos (cf. Hch 1,3. 4), dejándose tocar y palpar por la curiosidad diligente de aquellos a los que la duda apretaba (cf. Jn 20,27); entró por esta razón, estando las puertas cerradas, en medio de sus discípulos y por su soplo les dio el Espíritu Santo (cf. Jn 20,19. 22). Dándoles la luz de la inteligencia les abrió los secretos de las santas Escrituras (cf. Lc 24,45). Y de nuevo Él mismo les mostró la herida del costado, las marcas de los clavos y todos los signos de la recientísima pasión (cf. Jn 20,25. 27), diciéndoles: Vean mis manos y mis pies porque soy yo; toquen y vean, pues un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo (Lc 24,39), para que se conocieran las propiedades de la naturaleza divina y humana permaneciendo indivisas en Él, y así nosotros comprendiéramos que el Verbo no es lo mismo que la carne, confesando que el único Hijo de Dios es el Verbo en la carne[1]».

 


[1] San León Magno, Carta a Flaviano, obispo de Constantinopla, 9. León, que ostenta el título de Grande, sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras. León habría nacido en Toscana (¿o Roma?), hacia el fin del siglo IV. Antes de ser obispo de Roma ocupó una posición importante durante el pontificado de sus predecesores. León fue ante todo obispo de Roma y, por medio de sus frecuentes sermones dirigidos tanto al clero como al pueblo, buscó introducir a su comunidad en la celebración de los misterios de Cristo, proponiéndole la vivencia sincera de la vida bautismal, a la vez que procuró preservar a sus fieles de las herejías y los errores provenientes del paganismo. Después de veintiún años de pontificado arduo y difícil, murió el 10 de noviembre de 461. La carta a Flaviano es del 13 de junio de 449.