LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (56)

Capítulo trigésimo: Cómo han de ser corregidos los niños en su menor edad

Cada uno debe ser tratado según su edad y capacidad. Por eso, los niños y los adolescentes, o aquellos que son incapaces de comprender la gravedad de la pena de la excomunión, siempre que cometan una falta, deberán ser sancionados con rigurosos ayunos o corregidos con ásperos azotes, para que sanen (Capítulo 30, versículos 1-3).

Volviendo al código penal del Maestro, Benito termina igual que este, con la corrección de los niños. Siempre preciso, el Maestro fijó en quince años la edad límite: por debajo los golpes, por encima la excomunión, el alcance de esta pena espiritual debe ser proporcionado a cada edad (RM 14,79-87). Al contrario, Benito se cuida de no precisar nada. A los niños agrega los adolescentes, y a estas dos categorías de edad agrega los adultos incapaces de comprender. Desde el inicio del código penal (RB 23,4-5), lo hemos visto preocupado por adaptar la pena a la comprensión del sujeto, reservando la excomunión solo para los que comprenden.

Esta asimilación de los adultos menos dotados a los niños es una novedad. Al final del parágrafo sobre los sujetos menores de quince años, el Maestro consideró infligir azotes también a los infractores mayores de edad, pero era por otro motivo: la gravedad de algunas faltas, tales como el robo. Esta forma de castigar los delitos graves con el castigo corporal, considerado como más severo que la excomunión, estuvo ya en uso, según Casiano, en los monasterios de Egipto (Instituciones, 4,16,3). A esta causa objetiva -la gravedad de las faltas- Benito sustituyó un criterio subjetivo: la incapacidad de comprender las penas espirituales. Los azotes no son administrados a los adultos por pecados escandalosos, sino por falta de comprensión. No se trata de adecuar el castigo a la falta, sino de adaptarlo a la persona. En esto reconocemos al educador atento a la naturaleza de los sujetos, preocupado por la eficacia de las correcciones, que se mostró ya en el capítulo precedente.

La mención de los ayunos es también una innovación, ya sea con respecto al Maestro, o en relación a lo que Benito mismo ha dicho al comienzo del código penal (RB 23,5). Pero bajo el nombre de “castigo corporal”, el ayuno estuvo ya junto a los azotes en el pasaje paralelo del tratado del abad (RB 2,28). En cuanto al resto, los detalles prácticos importan menos que la intención tan netamente afirmada en las últimas palabras: “para que sanen”. Conclusión admirable de un conjunto de capítulos que no respira, en verdad, más que este propósito: sanar.