LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (42)

Capítulo dcimocuarto: Cómo han de celebrarse las vigilias en las fiestas de los santos

En las festividades de los santos y en todas las solemnidades celébrese el oficio como dispusimos para el domingo, excepto que se dirán los salmos, las antífonas y las lecturas que correspondan al mismo día. Pero guárdese la disposición prescrita (Capítulo 14, versículos 1-2).

En Italia, en tiempos de Benito, se estaba en el proceso de reunir las listas de los santos mártires de las diversas partes de la cristiandad en un calendario único, que se llamó martirologio. Pero los únicos santos de los que se celebraba la fiesta eran, en un principio, los de la Iglesia local, habida cuenta de la irradiación universal de la Iglesia romana y de la difusión de las reliquias. El santoral permaneció, por tanto, escaso. Incluso en Roma, donde los mártires abundaban, las fiestas de los santos se presentaron, según los más antiguos sacramentarios y leccionarios, en un promedio de alrededor de un día sobre siete.

Este pequeño capítulo, que originalmente seguía al de las vigilias dominicales, se limita al oficio nocturno, incluyendo implícitamente las laudes. No parece que la celebración de los santos vaya más allá. Como siempre Benito cuida de recordar la “mesura” intangible de los doce salmos. En cuanto a las “lecturas” propias del día, se trata probablemente de las pasiones de los mártires, cuya composición estaba entonces en pleno florecimiento. A veces legendarias y de calidad mediocre, estos escritos exaltaban útilmente un tipo de santidad del cual la vida monástica es un sustituto y una continuación. Cesáreo de Arlés, Aureliano y Ferreol los hacen leer paralelamente al oficio nocturno. Fuera de los mártires, se veneraba solamente algunos confesores pontífices, como san Martín.

Además de su alcance práctico, la conformación del oficio de los santos al modo del de los domingos, tiene el interés de sugerir que Cristo es el único santo y la única fuente de toda santidad. Es Él a quien se celebra en estas fiestas del santoral, tanto en cada día de la semana como en sus otras solemnidades.

 

Capítulo décimo quinto: En que tiempos se dirá Aleluya

Desde la santa Pascua hasta Pentecostés, se dirá “Aleluya” sin interrupción, tanto en los salmos como en los responsorios. Pero desde Pentecostés hasta el principio de Cuaresma se dirá únicamente todas las noches a los Nocturnos, con los seis últimos salmos.

Pero todos los domingos, salvo en Cuaresma, se dirán con “Aleluya” los cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y Nona; mas las Vísperas con antífona. En cambio, los responsorios no se digan nunca con “Aleluya”, sino desde Pascua hasta Pentecostés (Capítulo 14, versículos 1-4).

Según Casiano, los cenobitas egipcios respondían aleluya sólo en el último de los doce salmos vespertinos y nocturnos (Instituciones 2,5,5). En el Maestro, el uso del aleluya se extiende a todos los oficios, y se dice en el último tercio de la salmodia. Benito, durante la semana reserva el aleluya a las vigilias, pero lo emplea más ampliamente que el Maestro: su segundo grupo de salmos, siendo igual al primero, es en toda esta segunda mitad de la salmodia que debe decirse el aleluya.

Aparentemente modesta, la cuestión tratada en este capítulo fue fuertemente discutida en los medios romanos del siglo VI. En la Misa y en sus oficios, los clérigos reservaban el aleluya al tiempo pascual, mientras que los monjes lo extendían de buena gana a los otros tiempos, salvo Cuaresma. Para el Maestro, esta extensión es un privilegio del “servicio particular de Dios” que es la vida monástica. Casa de Dios, el monasterio es como el cielo. Por anticipación, allí se canta sin cesar el aleluya, porque, como en la eternidad, se vive ya allí con el Señor.

Entre esta profusión del Maestro y la reserva de los monasterios basilicales de Roma, donde el oficio ferial, incluso nocturno, no tenía ningún aleluya, Benito sigue un camino intermedio. Si sus vigilias feriales se inspiran en el Maestro, su práctica dominical es la de Roma: el aleluya es cantado desde el tercer nocturno hasta nona (el Maestro continuaba hasta vísperas y completas). La rúbrica final, concerniente a los responsorios marca también una restricción en relación con el Maestro.

Así como cada domingo recuerda la Pascua, del mismo modo cada día de la semana guarda un eco del aleluya pascual y dominical. Anticipo de la eternidad, este grito de alabanza resuena en la hora más oscura del ciclo cotidiano. En san Pablo, el “Estén siempre alegres” no se separa del “Oren sin cesar”. La alegría de la santa Pascua nunca está ausente durante largo tiempo del servicio de Dios, esperando estar “sin interrupción” de ninuna especie en la vida sin fin.