LO QUE DICE LA REGLA DE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (79)

Capítulo cuadragésimo noveno: La observancia de la Cuaresma

Este hermoso capítulo reemplaza a tres del Maestro, que se sucedían bajo el título de “Regla de la Cuaresma” (RM 51-53). Muy breves, los dos primeros prescribían hacer en ese tiempo, día y noche, una oración silenciosa y comunitaria aprovechando cada intervalo que separaba un oficio de otro. Mucho más largo, el tercero reglamentaba la abstinencia y el ayuno. Si el Maestro ubicaba en ese lugar su reglamento de Cuaresma, es porque la oración entre los oficios, con el que se inicia dicho ordenamiento, se insertaba en el empleo del tiempo trazado por él en el capítulo precedente (RM 50). En Benito, que trata también de la Cuaresma después del horario, la relación entre estas dos cuestiones no aparece claramente.

Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, sin embargo, como es de pocos semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia.

Por eso, añadamos en estos días algo a la tarea habitual de nuestro servicio, como oraciones particulares o abstinencia de comida y bebida, de modo que cada uno, con gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo sobre la medida establecida, esto es, que prive a su cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría del deseo espiritual.

Lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y consentimiento, porque lo que se hace sin permiso del padre espiritual, hay que considerarlo más como presunción y vanagloria que como algo meritorio. Así, pues, todas las cosas hay que hacerlas con la aprobación del abad (Capítulo 49, versículos 1-10).

Al dejar de lado el género reglamentario del Maestro, Benito dirige a los monjes una exhortación espiritual que se inspira en los sermones para la Cuaresma de san León. Su primera frase, en particular, hace claramente eco a la predicación del gran Papa (Sermones 39,2; 43,1; 44,2). Dirigiéndose a los seculares, el obispo de Roma los exhortaba a aprovechar la Pascua para rencontrar la pureza que debería caracterizar en todo tiempo la vida del cristiano. Esa pureza pascual, solamente un pequeño número la conserva -estamos pensando en el medio monástico- todo el año. A la gran masa de fieles, la Iglesia le pide al menos el esfuerzo anual de la purificación, para el cual el tiempo de preparación a la Pascua ha sido instituido.

Haciendo suya esta exhortación, Benito la transfiere de la Iglesia secular a la comunidad monástica. Aquí también el nivel de observancia que debería ser constante parece reservado a un pequeño número. La mayoría no lo alcanza sino de modo pasajero, al precio del esfuerzo especial de la Cuaresma. Instituida, según Casiano, solo para los seculares (Conferencias 21,24-30), ese tiempo se torna benéfico, incluso necesario, paran los monjes mismos.

El esfuerzo negativo de renuncia al pecado se traduce en actos positivos. Estos son enumerados por Benito en tres listas. Al hacer esto, sigue más al Maestro que a León. El programa predicado por el Papa a los fieles estaba hecho de ayunos y de “buenas obras”, de las cuales la limosna era la principal. Pero esto no es posible para los monjes, considerados individualmente. Las tres listas de Benito siguen, por tanto, más bien el esquema del Maestro: oración y abstinencia. Exactamente reproducida en la segunda lista, esta dupla se reencuentra en la primera, donde la oración es completada con las lágrimas, la lectura y la compunción, en tanto que la abstinencia recibe una simple mención para concluir. Al revés, la tercera lista omite la oración y completa la abstinencia alimentaria con otras privaciones exteriores; el sueño, la locuacidad y las bromas. Benito detalla, por consiguiente, el primer género de obras cuaresmales del Maestro, después el otro, ambos se encuentran por igual en su programa intermedio.

La oración a la que son invitados los monjes ya no es más la oración comunitaria y reglamentada del Maestro, sino un acto privado y espontáneo, cuyos concomitantes -lágrimas, compunción del corazón- hacen pensar en otras dos descripciones que hace Benito (RB 20,2; 52,4). La oración relaciona así con los instrumentos de las buenas obras, en los que la confesión de los pecados “con lágrimas y gemidos” sucede a la lectura y la oración (RB 4,55-57).

Las lágrimas no son para la oración un accesorio de poca importancia, sino un enriquecimiento sustancial, que le confiere una cualidad incomparable. Cuando se experimenta semejante transformación, hay que preguntarse si no son el signo normal de toda verdadera oración: ¿un corazón que le habla a Dios puede hacerlo sin esa conmoción profunda que hace llorar? Por eso no es sorprendente que Benito prescriba o proponga orar con lágrimas, como si se tratara de algo a lo cual puede y debe pretender todo orante. Sin duda, las lágrimas son un don, una gracia, pero pedirlas y buscarlas es también una forma insigne de ponerse en oración.

En cuanto a la abstinencia, ella no consiste solamente en recortar la medida de la alimentación, como lo preveía el Maestro en la segunda parte de su “Regla de Cuaresma”. También se aplica al sueño, la locuacidad y las bromas. El primero recibía también restricciones en el Maestro, por el hecho de las oraciones nocturnas, pero las restantes no figuran en su programa cuaresmal. La noción benedictina de abstinencia tiene algo de englobante, como la de continencia en Basilio (Regla, versión latina de Rufino, 9): todo obrar desordenado está sujeto a estas sustracciones.

En el capítulo sobre la taciturnidad, Benito, siguiendo al Maestro, había proscrito absolutamente toda clase bufonadas (RB 6,8). Aquí el mismo género de bromas es objeto de restricciones particulares durante la Cuaresma. Así se verifica el pensamiento formulado en la última frase: la mayoría de los monjes no viven habitualmente como deberían.

Esta última lista de ascesis cuaresmales está envuelta en una doble mención de la alegría. En primer término, se ofrecen esas mortificaciones al Señor “con la alegría del Espíritu Santo”, al igual que los cristianos perseguidos a quienes les escribía san Pablo (1 Ts 1,6). Después, se espera la Pascua “con la alegría del deseo espiritual”. Esta última frase hace pensar en otro valor cristiano evocado por el Apóstol: “la alegría de la esperanza” (Rm 12,12). De hecho, no hay nada tan feliz en esta tierra como esperar, es decir, aguardar la promesa de Dios en la certeza que da la fe.

Ese deseo espiritual que llena de alegría, Benito ya lo ha mencionado en los instrumentos de las buenas obras (RB 4,46). Allí se trataba de su objeto último, la vida eterna. Aquí se trata de la resurrección pascual, anuncio e inicio de la bienaventurada eternidad. El Espíritu, del que emana ese deseo, tiene como primeros frutos el amor y la alegría (Ga 5,17-22).

Alegría del Espíritu Santo, alegría del deseo espiritual: sea del modo que se la llame, la alegría penetra, en Benito, en el seno mismo de la Cuaresma. Ella es como “la inefable dulzura de amor” que se prometía al postulante al final del Prólogo (RB Prol. 49). En los dos casos, la alegría espiritual hace irrupción en el interior de un tiempo consagrado al esfuerzo penoso. En el Maestro, la Cuaresma es imagen de la vida terrenal: una y otra conducen a la bienaventuranza, la del tiempo pascual, y la de la vida eterna, pero en sí mismas son paciencia y austeridad. Conservando su carácter laborioso, Benito las ilumina con la alegría que procura el amor.

Otro rasgo notable aparece en la frase que introduce esta tercera lista: es “voluntariamente” que el monje ofrece a Dios esos sacrificios. En toda la Regla “la voluntad propia” es sinónimo de desobediencia y pecado. Aquí, la expresión tiene un sentido positivo. Sin embargo, la conclusión del capítulo muestra que Benito no pierde de vista su doctrina de la obediencia. Incluso aunque sea buena, la voluntad propia debe estar sometida a “la voluntad del abad”. Al inicio de la Cuaresma, el Maestro organiza una ceremonia en la que cada hermano notifica al abad lo que quiere hacer (RM 53,11-15). Pero el fin es menos obtener la aprobación del superior que asegurar, por medio de una declaración pública a la que se compromete delante de todos, la perseverancia del abstinente en su renuncia. Por el contrario, un pequeño capítulo ulterior del Maestro condena, como ya lo hacía Basilio (Reglas breves 181), todo ayuno o abstinencia no autorizado por el abad (RM 74). Es esto lo que encontramos aquí en Benito.

No dejemos esta capítulo tan importante -la Cuaresma es el modelo de la entera existencia del monje- sin dejar de relevar el título de “padre espiritual” dado al abad. En el reino del Espíritu, en el que se encuentra la alegría del sacrificio y de la esperanza, el monje tiene también un padre que ocupa el lugar de Cristo, el segundo Adán, nuestro padre.