VIVIR HOY LA REGLA DE SAN BENITO (25)

X. EL ABAD. RB 2 y 64

Historia

Para entender el papel del abad, es bueno remitirnos a grandes rasgos a la génesis histórica, teniendo conciencia de lo que puede implicar de simplificación reductora tal resumen.

 

El “padre espiritual” del desierto

Su lugar es preponderante en toda la primera tradición monástica, sobre todo anacorética. Está en el origen de casi toda la tradición espiritual posterior, aunque con profundas modificaciones.

Era un “hombre de Dios”, reconocido como tal no por una determinada designación oficial sino por el renombre público. Se le visitaba, viniendo de más o menos lejos, para pedirle una “palabra”. Los discípulos se agrupaban también alrededor de él y le escuchaban. Sus “palabras” eran recibidas con fe por esos discípulos, y les guiaban en su propia experiencia de búsqueda de Dios. En efecto, “palabras” o “apotegmas” eran ante todo enseñanzas de sabiduría sacadas de tradiciones transmitidas por los “ancianos”, pero la experiencia personal del “padre” jugaba un papel preponderante. Era su propia experiencia espiritual la que fundaba la paternidad espiritual del Anciano.

El “padre espiritual” era libremente elegido por el discípulo. El lazo que lo ataba a él no tenía carácter jurídico. La apertura total del corazón y la más grande docilidad eran, de parte del discípulo, las condiciones suficientes, pero no necesarias. Por su parte, el “padre espiritual” se hacía cargo por medio de su oración y sus exhortaciones el avance espiritual del discípulo. Sin embargo, su actitud era ante todo una actitud de acogida y de consejo. Sus exigencias, a menudo muy grandes, no tenían otra garantía que la libre voluntad del discípulo y su deseo de Dios. En efecto, no hay que olvidar en qué condiciones concretas se vivía este diálogo la mayor parte del tiempo, a pesar de que hubo modalidades muy variadas. A veces el joven se ponía “al servicio” del anciano, y entonces vivía prácticamente con él. Pero habitualmente habitaba a una cierta distancia del anciano y conducía su vida con gran libertad y responsabilidad personal. Un “padre espiritual” tan conocido y venerado como Barsanufio, por ejemplo, en una época ya tardía, no veía nunca a sus discípulos: se comunicaba con ellos por billetes o cartas que el abad Séridos escribía bajo su dictado[1].

 

El reagrupamiento de los discípulos alrededor del “padre”

La historia del cenobitismo es compleja. Lo que sin embargo aparece claro es una lenta evolución hacia una vida más comunitaria. Evolución que pasa por formas diversas:

- desde el reagrupamiento más o menos informal de las “lauras”, en las cuales la relación personal de cada uno con el “maestro” es poco más o menos el único lazo común;

- hasta las verdaderas comunidades de vida, que hacen justamente de la vida en común uno de los elementos constitutivos de la vida monástica.

En la “congregación” de san Pacomio, la comunidad se forma esencialmente alrededor del “hombre de Dios”, primero el mismo Pacomio, luego, por designación suya, alrededor de sus sucesores, que son verdaderos “padres” de los monjes. En el movimiento basiliano, el acento está puesto en la “fraternidad”, pero no obstante hay un “prior”, cuyo papel es considerable, a juzgar por las “Reglas” de san Basilio, aunque resulta bastante difícil precisarlo.

De un modo general, pero según formas diversas, el “padre espiritual” se vuelve al mismo tiempo y cada vez más el “responsable de la comunidad”, lo que no sucede sin que se presenten algunos problemas.

 

El abad benedictino

La RB se sitúa en la línea de una tradición sólidamente establecida. En su época ya había “directorios” para los abades. La RB tomó de ellos lo esencial en los capítulos 2 y 64, pero poniendo -como siempre-, su propio sello (sobre todo en el capítulo 64).

La noción de comunidad se va precisando cada vez más. Se trata verdaderamente de compartir toda la vida, tan plenamente como sea posible: bienes, actividades, etc., pero con un fin fundamentalmente espiritual. Toda la organización material y temporal de la vida está ordenada hacia este fin espiritual. Nunca se insistirá lo suficiente sobre este carácter totalmente “encarnado” de la vida monástica.

El abad benedictino se encuentra por tanto en el punto de convergencia máximo de la tradición del “padre espiritual” y de la tradición del “jefe de comunidad”. A través de toda la RB se entremezclan estas dos tradiciones en un esfuerzo difícil de unificación. Hay una diferencia de “tono”, por ejemplo, entre el capítulo 2 y el capítulo 64.

Este doble aspecto de la función del abad representa un equilibrio siempre difícil de realizar. Pide un conjunto de cualidades naturales y espirituales raramente concordes en un hombre. De ahí la tentación de reducir el papel del abad a sólo uno de esos aspectos. Esta solución es la de otras numerosas comunidades religiosas, que distinguen, según diversas fórmulas, el papel del superior de la casa y el del responsable espiritual de los hermanos. Moverse en este sentido sería ir profundamente contra el espíritu de la RB. Esto conduciría a una disociación de lo espiritual y de lo temporal que cambiaría profundamente la experiencia vivida en el monasterio.

 


[1] Cf. BARSANUFIO Y JUAN DE GAZA, Correspondance, Solesmes, 1972.