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Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur

DOMINGO TRIGÉSIMO CUARTO DURANTE EL AÑO. Ciclo “A”. Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Cristo Pantocrator. Siglo XII. Ábside de San Clemente de Tahull. Cataluña, España.

 

“...Vestir al desnudo, visitar al enfermo (cf. Mt 25,36)...” (RB 4,15-16)

“Ante todo y sobre todo se ha de atender a los hermanos enfermos, sirviéndolos como a Cristo en persona, porque Él mismo dijo: Enfermo estuve y me visitaron (Mt 25,36), y: Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron (Mt 25,40)” (RB 36,1-3).

“Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, puesto que Él mismo ha de decir: Huésped fui y me recibieron” (Mt 25,35; RB 53,1).

«Como fundamento de su capítulo sobre el servicio de la enfermería, san Benito invoca el principio sobrenatural de que el enfermo representa a Cristo mismo, quien ha dicho: “Yo estaba enfermo y ustedes vinieron a visitarme” (Mt 25,36). Cristo, por tanto, acepta como hecho a Él mismo el servicio realizado en favor del pobre enfermo. Es una rasgo de fineza de la Regla que no debe ser pasado por alto.

San Benito transfiere a los enfermos lo que Jesús dijo de los pequeños: “Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron (Mt 25,40)”.

San Agustín ha explicado muy bien cómo la enfermedad nos hace a todos mínimos, cualquiera sea la dignidad o grado social que tengamos. Uno o dos grados de fiebre bastan para postrar en el lecho al monarca, como al hombre de la calle, internado en el hospital. Entonces todos pasamos a ser pequeños. Si luego la enfermedad perdura y se agrava, fácilmente nos transformamos en incapacitados, como niños, obligados a recibir de los otros los servicios más íntimos y humillantes, a los cuales a menudo les pagamos con un humor descontento y arisco. ¡Es la enfermedad!, dicen en voz baja los que nos circundan.

Afortunadamente, nos envuelve un halo de fe, que cubre y esconde tantas miserias. En nosotros, dice san Benito, se adora y se atiende a Cristo. Sicut revera Christo (Como a Cristo en persona; RB 36,1)...»[1].

 


[1] Ildefonso Cardenal SCHUSTER, Un pensiero quotidiano sulla Regola di S. Benedetto. Da Pentecoste fino alla Domenica Ottava, Abbazia di Viboldone, 1951, pp. 126-128.

Alfredo Ildefonso Schuster (Roma, 18 de enero de 1880 - Venegono Inferiore, 30 de agosto de 1954), fue beatificado el 12 de mayo de 1996 en Roma. Monje benedictino, arzobispo de Milán y cardenal de la Iglesia católica. Bautizado como Alfredo Ludovico Schuster.

Hijo de Giovanni (en alemán: Johann), un sastre bávaro, y Maria Anna Tutzer, de origen trentino. Su padre trabajaba en la corte pontificia y era el sastre jefe de la guardia Zuava. Muy pronto quedó huérfano de padre y entró para sus estudios en el monasterio benedictino de San Pablo Extramuros; vuelto monje, profesó en 1900; tras sus estudios de filosofía en el Colegio Pontifical de San Anselmo en Roma, fue ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1904 en la Basílica de San Juan de Letrán. En seguida asumió los cargos de procurador general de la Congregación Benedictina de Montecassino, prior claustral y, en 1918, abad ordinario de San Pablo Extramuros. Se destaca como maestro de novicios, así como por su pasión por el arte sacro, la arqueología, la historia de la Iglesia, la liturgia y la vida monástica.

Nada más firmado el concordato con el estado fascista, fue nombrado arzobispo de la Arquidiócesis de Milán el 26 de junio de 1929 y cardenal el 15 de julio de ese mismo año y gobernó su diócesis en tiempos difíciles para Milán y para Italia. Tomó por modelo a su predecesor del siglo XVI, san Carlos Borromeo e hizo frecuentes visitas pastorales por toda su inmensa archidiócesis: cinco en sus veinticinco años de episcopado. Escribió numerosas cartas a sus clérigos y fieles y suministró instrucciones minuciosas especialmente en orden al ornamento del culto divino; organizó frecuentes sínodos diocesanos y dos congresos eucarísticos.

Fue presidente del Pontificio Instituto Oriental de 1919 a 1922, así como profesor en varios colegios e institutos. Por mandato del papa Pío XII reorganizó los seminarios milaneses al construir el Seminario de Teología y el Pequeño seminario (Seminario Liceal) de Venegono Inferiore, inaugurados en 1935. Participó en el cónclave de 1939 que eligió por papa al cardenal Eugenio Pacelli (futuro papa Pío XII).

En 1931 lanzó una carta muy dura contra el régimen para protestar contra las agresiones a la Acción Católica, y se negó a bendecir solemnemente la Estación Central de Milán, obligando así a estar ausentes de la ceremonia de inauguración al rey Víctor Manuel III y a Benito Mussolini. En 1938, condenó con solemnidad las leyes raciales. El 13 de noviembre pronunció estas palabras en la catedral: «Ha nacido en el extranjero, pero se extiende por doquier una especie de herejía… Es el así llamado racismo». En esa misma homilía ponía en guardia ante las ideologías arias y el crecimiento de la industria bélica alemana (Schuster era hijo de un alemán), que pronto provocarían una guerra.

En 1939, pronunció un discurso que nadie se atrevió a publicar. Decía el cardenal: «Entre el cristianismo basado en el Decálogo y en el Credo, de origen divino, y este nuevo Estado hegeliano, totalitario, existe un antagonismo total». Durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en la última tabla de salvación para los perseguidos por el nazismo e hizo todo lo que pudo por salvar a los condenados a muerte: católicos activos, grandes intelectuales no cristianos y judíos. El 10 de agosto de 1944 las tropas alemanas fusilaron a quince partisanos y los abandonaron en el suelo como aviso a la población, y el cardenal protestó a la embajada alemana; por la tarde, al ver que su aviso no servía de nada, amenazó con ir a recogerlos en persona y los alemanes los recogieron, pero el comandante avisó que un día de estos lo arrestaría.

El 25 de abril de 1945, al final de la guerra, organizó la rendición de Benito Mussolini sin efusión de sangre por medio de un encuentro entre este y los partisanos en el arzobispado; propuso también a Mussolini permanecer en el arzobispado bajo su protección para rendirse a los Aliados, pero este rehusó, prefiriendo huir. Viejo y enfermo, el cardenal se retiró al seminario de Venegono, donde falleció el 30 de agosto de 1954. Sus restos reposan en la catedral de Milán y cuando su tumba fue abierta (28 de enero de 1985) su cuerpo se encontró intacto. Fue proclamado beato por Juan Pablo II el 12 de mayo de 1996.