Inicio » Content » JUAN CASIANO: “CONFERENCIAS” (Conferencia III, capítulos 1-2)

Conferencia tercera: con abba Pafnucio. Sobre las tres renuncias

Capítulos:

1. Sobre la conversatio y la vida de abba Pafnucio.

2. Sobre el sermón de este anciano y nuestra respuesta.

3. Propuesta de abba Pafnucio sobre los tres géneros de vocación[1] y sobre las tres renuncias.

4. Exposición de las tres vocaciones.

5. Cómo la primera vocación no es ventajosa para el perezoso y la última no obstaculiza al diligente.

6. Exposición de las tres renuncias.

7. Cómo se debe alcanzar la perfección de cada una de las renuncias.

8. Sobre las propias riquezas, en las que consiste la belleza y la fealdad del alma.

9. Sobre los tres géneros de riquezas.

10. Nadie puede ser perfecto solo con el primer grado de las renuncias.

11. Pregunta sobre el libre arbitrio del hombre y la gracia de Dios.

12. Respuesta sobre la dispensación de la gracia divina, permaneciendo la libertad de decisión.

13. Que la dirección de nuestra vida procede de Dios.

14. Qué conocimiento de la Ley se confiere por el magisterio y la iluminación del Señor.

15. Que la capacidad intelectual por la que podemos conocer los mandamientos de Dios, y los efectos de la buena voluntad, son dones del Señor.

16. La fe misma es concedida por el Señor.

17. La moderación y el soportar las tentaciones nos son dados por Dios.

18. El perpetuo temor de Dios nos es concedido por el Señor.

19. El inicio y la consumación de la buena voluntad pertenecen al Señor.

20. Nada se realiza en este mundo sin Dios.

21. Objeción sobre la potestad del libre arbitrio.

22. Respuesta: que nuestro libre arbitrio siempre necesita la ayuda del Señor.

 

Capítulo 1. Sobre la conversatio y la vida de abba Pafnucio

Al enumerar los cuatro mayores anacoretas, Casiano coloca a Moisés en primer lugar, seguido de Pafnucio y los dos Macarios (Conf. XIX,9.1)… Como primer orador en las Colaciones, Moisés esboza el mapa básico del viaje monástico hacia la pureza del corazón y luego presenta el medio principal para alcanzarla: el discernimiento de los pensamientos (Conf. I-II).

El nombre de Pafnucio aparece con más frecuencia que el de cualquier otro monje. El Pafnucio, a quien Casiano atribuye la Conferencia tercera, amaba la soledad y se retiró a lo más profundo del desierto (de ahí su apodo de “el Antílope”[2]). Era famoso por su humildad (Conf. XVIII,15.2-7). Sucedió a Isidoro como presbítero de uno de los grupos de ermitaños de Escete (Conf. XVIII,15.2), y, según otras fuentes, se convirtió en “Padre de Escete” después de Macario el Grande.

Como líder de la minoría origenista en Escete, Pafnucio acogió la condena del antropomorfismo por parte de Teófilo de Alejandría en el año 399, siendo el único de los cuatro presbíteros de Escete que lo hizo (Conf X,2-3).

Aunque es difícil establecer una cronología de la vida de abba Pafnucio, con cierta probabilidad es posible ubicar su madurez entre los años 360-400.

Según Paladio (HL 47), Pafnucio tenía el carisma de interpretar la Biblia sin recurrir a los comentarios[3]. Esto nos recuerda que el “origenismo” del círculo de Casiano, en Escete, no era especulativo; Casiano insiste repetidamente en que el “conocimiento espiritual” de la Biblia depende de la pureza del corazón, no de la sofisticación del aprendizaje. Pafnucio, un duro anciano del desierto, encarnaba la interacción del rigor ascético y la perspicacia contemplativa que Casiano consideraba ideal[4].

 

El “gran” Pafnucio[5]

1.1. En aquel coro de los santos, que resplandecen como muy brillantes estrellas en la noche de este mundo, vimos a san Pafnucio, reluciendo con un luminoso conocimiento, cual si fuera un gran cuerpo celestial.

 

Hombre solitario y fuerte

1.1a. Él era el sacerdote de nuestra comunidad, es decir, la que moraba en el desierto de Escete, donde vivió hasta una avanzada edad. Nunca estaba lejos de la celda, en la que habitaba desde joven, distante cinco millas de la iglesia[6]. No se aproximó un poco ni siquiera, cuando por las limitaciones de la edad, se le veía exigido por tan larga distancia, debiendo ir a la iglesia el sábado y el domingo. De hecho, no satisfecho con regresar con las manos vacías desde allí, acostumbraba a llevar un recipiente con agua, suficiente para toda la semana, sobre sus hombros, hasta su celda; y eso que tenía más de noventa años, y nunca permitió que un joven se lo llevara.

 

Anhelo de una vida de intimidad con el Señor

1.2. Desde su juventud se entregó con tal celo al entrenamiento del cenobio que, en el poco tiempo que vivió en él, sin embargo, fue enriquecido con el bien de la obediencia y el conocimiento de las virtudes. Mortificaba todas sus voluntades con la disciplina de la humildad y de la obediencia, de modo que extinguió todos sus vicios y alcanzó la perfección en cada virtud que las instituciones de los monasterios y las enseñanzas de los primeros padres han fundado. Yendo hacia metas más altas y ardiendo de celo, se apresuró a penetrar en las partes más recónditas del desierto. De modo que ya sin la ayuda de una compañía humana, le fuera más fácil, que no rodeado por un gran número de hermanos, unirse al Señor, con quien deseaba estar inseparablemente unido.

 

“Bubalo”

1.3. Cuando, con su gran fervor, sobrepasó incluso las virtudes de los mismos anacoretas, en su deseo y anhelo de dedicarse a la contemplación ininterrumpidamente, evitaba a quien sea, adentrándose en la más vasta y profunda de las soledades, y allí se ocultó por un largo período, de modo que inclusive los anacoretas raramente lo encontraban y con gran dificultad. Allí estaba feliz y gozaba de la diaria compañía de los ángeles, y en mérito a esta virtud se lo llamaba “Bubalo”.

 

Capítulo 2. Sobre el sermón de este anciano y nuestra respuesta

La principal finalidad de las Conferencias es infundir, en quienes las escuchan o las leen, un anhelo profundo de compunción y humildad. Seguir a Jesucristo con un corazón contrito y con sincera disponibilidad.

 

Pafnucio alaba a sus visitantes

2.1. Por tanto, deseando ser instruidos por su magisterio y animados por los estímulos de nuestros pensamientos, llegamos a su celda cuando ya caía la tarde. [El anciano], después de permanecer en silencio un rato, comenzó a alabar nuestro propósito; esto es, que, abandonando nuestra patria y recorriendo las provincias por amor del Señor, nos esforzáramos en soportar la pobreza y la vastedad del desierto, e imitáramos el rigor de su modo de vida con tan operante empeño que, ellos mismos que habían nacido y se habían formado en este estado de necesidad e indigencia, apenas lo toleraban.

 

Enseñanzas de compunción y humildad

2.2. Nosotros respondimos que era por ese motivo que nos habíamos esforzado por alcanzar su enseñanza y su magisterio: para poder ser instruidos, de alguna forma, por las enseñanzas y la perfección que poseía un varón tan grande, como lo demuestran una serie de innumerables pruebas, y no para ser cargados con alabanzas o con ánimo de elación, algo por completo ausente de nosotros, y para lo cual fuimos alguna vez tentados, por el enemigo, de hacer, cuando estábamos en nuestras celdas. Por este motivo le rogábamos que infundiera en nosotros aquellas realidades que nos compungieran y humillaran, y no las que podían halagarnos y ensoberbecernos.

 


[1] Alterno entre vocación (vocatio) y llamada en la versión castellana.

[2] Conf. III,1,2-3 y XVIII,15.1. “El Bubalo” (un búfalo o antílope del desierto).

[3] ¿Pero se trata del mismo Pafnucio que menciona Casiano? Cf. Conversazioni, pp. 254-255, nota 4.

[4] Columba Stewart, Cassian the Monk, New York – Oxford, Oxford University Press, 1998, pp. 10-11 (Oxford Studies in Historical Theology); cf. SCh 387, pp. 59-61.

[5] “Dijo abba Pastor que abba Pafnucio era grande…” (Apotegma de la Colección alfabética griega, n. 190 [= S 3]; ed. J.-C. Guy, Recherches sur la tradition grecque des Apophthegnata Patrum, Bruxelles, Societé des Bollandistes, 1962, p. 30 [Subsidia hagiographica, n° 36]).

[6] Algo más de siete kilómetros.