INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [15]

1.4. Evagrio Póntico

Primera aproximación a la doctrina de Evagrio: en camino hacia la contemplación[1]

Al tratar sobre los comienzos de la vida monástica Evagrio es fiel, principalmente, a una enseñanza tradicional, que él mismo recibió: la de los Padres del desierto egipcio. A la que hay que sumar la influencia de san Basilio.

 

Hacia la “hesyquía”

Esos principios los expone Evagrio en su obra: Las Bases de la vida monástica (=BM)[2]; cuya finalidad es la hesyquía, o estado de perfecta tranquilidad en la que debe encontrarse el monje, libre de las preocupaciones del mundo, para dedicarse -con total disponibilidad- a la contemplación.

Ser monje es, pues, esencialmente: vivir en la hesyquía.

Para lograr esto es condición primera: renunciar al matrimonio. El monje es ante todo un celibatario, un continente, en el sentido que practica la continencia. Y debe renunciar a esa posibilidad porque según la enseñanza paulina de 1 Co 7,33-34, el matrimonio es fuente de división:

«Está escrito en Jeremías: No tomes mujer para ti en este lugar, porque el Señor dice de los hijos y de las hijas que serán engendrados en este lugar: “Morirán de mala muerte” (Jr 16,2-4). Esta sentencia hace pensar en lo que dice el Apóstol: El hombre casado se preocupa de las cosas de este mundo, cómo agradar a su mujer, y está dividido[3]. Y la mujer casada se preocupa de las cosas de este mundo, y cómo agradar a su marido (1 Co 7,33. 34)» [BM 1; PG 40,1252A-1253A].

Pero la continencia no es más que un aspecto de una abstinencia más general que tiene por objeto el mundo:

“Que el monje progrese en este camino, sobre todo aquel que ha abandonado la materia de este mundo, y que tome parte en el combate para obtener los trofeos hermosos y deliciosos de la hesyquía” (BM 2; PG 40,1253B).

El monje tiene que renunciar a todos los bienes del mundo y vivir en la pobreza. Porque los bienes de este mundo son fuente de agitaciones:

“Deseas, amadísimo, abrazar la vida monástica, tal como ella es, y correr tras los trofeos de la hesyquía, deja entonces las preocupaciones del mundo, los príncipes y los poderes que se ocupan de tales cosas, es decir, despréndete de la materia, impasible, ajeno a todo deseo, para que hecho extraño al estado que resultaría, te puedas ejercitar hermosamente en la hesychía. Porque si no te alejas de las cosas, no podrás conducir rectamente esa forma de vida” (BM 3; PG 40,1253C).

Por eso el monje debe abandonar la compañía de los “hombres materiales”, que viven en la agitación del mundo, incluso los parientes y amigos, pues dejándolos de frecuentar no comparte ya sus distracciones. El monje rompe su convivencia con los hombres, va a vivir al desierto, cumpliendo así no sólo la renuncia sino también la anacorésis:

“Si no puedes hallar fácilmente la hesyquía en tus parajes, cambia tu propósito hacia el exilio (xeniteía) y aplícate a la reflexión; actúa como un hombre de negocios, apreciando todo en relación con la hesyquía y reteniendo en todos los asuntos, en vista de ella, las cosas que te conducen a ella... Si es posible, no vayas a la ciudad, pues no hallarás nada de provecho, útil o ventajoso para tu género de vida... Busca los lugares solitarios e inaccesibles, no temas la soledad... Que el deseo de vagabundear[4] no venza tu propósito... Teme la caída y permanece estable en tu celda” (BM 6; PG 40,1257BCD).

Incluso estando en el desierto el monje debe evitar los contactos demasiado frecuentes, el vagabundeo y sólo excepcionalmente debe dejar la celda:

“Si tienes amigos, evita los encuentros demasiado frecuentes con ellos. Encontrándolos de tanto en tanto obtendrás mayor beneficio... Huye de las asambleas de los pecadores y pendencieros... Repudia sus proyectos nefastos... Que hombres pacíficos sean tus amigos, tus hermanos espirituales y tus padres santos... No te quedes junto a hombres encumbrados en los negocios y no vayas a banquetes con ellos... No oigas sus discursos y no des cabida en tu corazón a sus pensamientos, porque son verdaderamente funestos... Que el trabajo de tu corazón sea rivalizar con los fieles de la tierra (Sal 61 [62],6)[5] en la compunción (pénthos)... Pero si alguno de los que caminan en la caridad de Dios viene y te invita a comer con él y quieres ir, vé pero vuelve pronto a tu celda. Si es posible no duermas nunca fuera de ella, para que, en todo, siempre, habite en ti la gracia de la hesyquía, y podrás continuar cultivando sin impedimento tu propósito” (BM 7; PG 40,1257D-1260B).

Para Evagrio, en cierto sentido, la hesyquía se identifica con: permanencia en la celda.

Para combatir la tentación que empuja a abandonar la celda y a fin de permanecer en la virtud de la perseverancia, el monje se dedicará al trabajo manual, meditará en la muerte, el juicio y el castigo. Así se irá acostumbrando a pensar en la vanidad del mundo y hallará fuerzas para perseverar en su permanencia en la celda:

“No desees alimentos lujosos y delicias engañosas... La permanencia prolongada fuera de la celda es nefasta. Hace perder la gracia, obscurece la prudencia, mata el fervor. Considera una jarra de vino en reposo durante largo tiempo en un mismo lugar sin ser removida: ¡qué vino límpido, decantado, perfumado, ella presenta! Pero si es transportada de aquí para allí, ofrece un vino turbio, tétrico y con todos los vicios de la mezcla. Compárate a esa jarra, y haz una experiencia útil: rompe las relaciones con muchos, en el temor que tu espíritu se distraiga y se turbe tu hesyquía. Trabaja con las manos, de día y de noche, para no ser una carga para nadie, y más todavía para distribuir... Para vencer de esta forma al demonio de la acedia y eliminar todos los otros deseos del enemigo... Huye del pecado de compra y venta[6]... Si te es posible, confía el cuidado de estas operaciones a un hombre de confianza, para que así, lleno de ánimo y tranquilo, goces de buenas y agradables esperanzas” (BM 8; PG 40,1260B-1261A).

“Siéntate en tu celda, recoge tu espíritu, acuérdate del día de la muerte, piensa en la descomposición del cuerpo... Dos series de acciones: reanima en ti el recuerdo y, sobre la condenación de los pecadores, gime llora, revístete el hábito de penitencia, en el temor de que eso te suceda a ti. Pero de los bienes reservados a los justos, regocíjate, exulta, alégrate, aspira a gozar y a estar libre de esos males. Vela para nunca olvidar esas realidades. Ya sea que estés en la celda o no importa dónde, si el recuerdo de estas cosas vuelve, no distraigas tu pensamiento, ni huyas por ese camino de los nocivos y sórdidos malos pensamientos” (BM 9; PG 40, 1261AC).

Todas estas prácticas tienen por finalidad establecer y mantener la hesyquía, tal como se vivía en Las Celdas. Pero ésta es solamente una condición favorable y necesaria para la contemplación. No es una condición suficiente por sí sola.

Para acceder a la contemplación es necesario también desprenderse de las pasiones. Alcanzar la apátheia.



[1] Cf. A. Guillaumont, Un philosophe au désert: Évagre le Pontique, en Revue d’Histoire des Religions 181 (1972), pp. 29-56.

[2] Texto griego en la PG 40,1252-1264, con el título Rerum monachalium rationes.

[3] O: preocupado.

[4] En el sentido de ir de un sitio a otro sin rumbo fijo.

[5] En Dios solo descansa, oh alma mía, de él viene mi esperanza.

[6] Sostiene que el monje debe bajar el precio de sus productos.