INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [39]

4. EL MONACATO CRISTIANO EN PALESTINA

 

4.1. San Caritón (+ hacia 350)

4.2. San Hilarión (+ hacia 371)

4.3. Las “Lauras”

4.4. La “Escuela” de Gaza

4.5. Las monjas y los monjes “occidentales” en Tierra Santa

 

 

 

Breve visión de conjunto

1. La Tierra Santa, donde el Señor nació, vivió, murió y resucitó por nosotros, tuvo siempre un gran atractivo para las monjas y los monjes cristianos de todos los tiempos. Hacia allí marcharon muchas y muchos en peregrinación (como la monja Egeria), o para dedicarse, cerca de los Santos Lugares, a una vida retirada de oración y estudio (como san Jerónimo, las dos Melanias, Rufino, Paula y Eustoquia).

2. «Melania no tenía sino un deseo: celebrar en Jerusalén la Pasión del Señor... Llegamos a los lugares santos el tercer día de la semana precedente a la Pasión del Salvador. Habiendo celebrado espiritualmente, con gran gozo, la Pascua y la santa Resurrección, en compañía de las hermanas, ella se sometió de nuevo a la regla habitual, ocupándose de los dos monasterios. Y viendo la perfección con que los monjes, tan queridos a Dios, se dedicaban a la salmodia en la iglesia, he aquí que la invadió otro deseo divino, y soñó con construir un pequeño oratorio, diciéndole a mi humilde persona: “He aquí el lugar donde estuvieron los pies del Señor (el lugar de la ascensión). Construyamos aquí un oratorio venerable, para que después de mi partida de este mundo hacia el Señor, la ofrenda pueda celebrarse sin interrupción en este sitio”...»[1].

3. Pero también hubo en Tierra Santa una vida monástica cristiana autóctona. Según san Jerónimo el primer monje palestinense fue Hilarión (+ 371). Sin embargo, el monacato de la zona alcanzó su verdadera fisonomía y su organización peculiar con san Eutimio (+ 473) y, sobre todo, con su discípulo: san Sabas. Fueron ellos quienes establecieron definitivamente las “lauras”, o monasterios que combinaban la vida cenobítica (comunitaria) con la eremítica (o solitaria).

4. «Hilarión, nacido en la aldea de Tabatha, situada a unas cinco millas (7 ½ kms.) al sur de Gaza, ciudad de Palestina, floreció -según el proverbio- como una rosa entre espinas, ya que sus padres adoraban a los ídolos... A ejemplo suyo empezaron a surgir en toda Palestina innumerables celdas y todos los monjes acudan a porfía hacia él. Al ver esto él alababa la gracia de Dios y exhortaba a cada uno a trabajar por el progreso de su alma, diciéndoles que la figura de este mundo pasa y la verdadera vida es la que se obtiene a costa de las molestias de la vida presente. Queriéndoles dar un ejemplo de humildad y deferencia, antes de la vendimia, en días establecidos, visitaba las celdas de los monjes... Había alcanzado los 63 años de edad; viendo cómo se habían agrandado las celdas y la multitud de los hermanos que habitaban con él..., lloraba cada día y recordaba con increíble nostalgia su antiguo modo de vida. Cuando los hermanos le preguntaban qué tenía y por qué estaba tan consumido, respondió: “He retornado al mundo y ya he recibido mi recompensa en vida. Los hombres de Palestina y de las provincias vecinas me consideran un personaje importante, y yo con el pretexto de proveer a las necesidades de mis hermanos de las celdas, poseo utensilios despreciables”. Los hermanos cuidaban de él, especialmente Hesiquio, que con admirable amor se había entregado a la veneración del anciano»[2].

5. «Cuando Sabas recibía laicos deseosos de hacer su renuncia... no los dejaba habitar en una celda de la laura, sino que había fundado un pequeño cenobio, al norte de la laura, y puesto en él a varones endurecidos en la ascesis y vigilantes. Allí hacía habitar a los renunciantes hasta que hubiesen aprendido el salterio y el oficio canónico, y hasta ser formados en la disciplina monástica. Sabas repetía sin cesar: “El monje recluido en una celda debe estar dotado del discernimiento, ser emprendedor, buen luchador, vigilante, casto, modesto, apto para enseñar sin tener necesidad de ser enseñado, capaz de poner un freno a todos los miembros de su cuerpo y de vigilar estrictamente sus pensamientos. A un monje así la Escritura yo veo que lo llama hombre de corazón simple, cuando dice: El Señor aloja al hombre de corazón simple en su casa (Sal 67 [68],7)”. Cuando después de la probación se daba cuenta que los renunciantes habían aprendido exactamente el oficio canónico, y eran capaces de vigilar sus pensamientos, guardando su espíritu al abrigo de todo recuerdo del mundo, y (que podrían) resistir a las tentaciones malas, entonces les daba una celda en la laura»[3].

6. Entre estos monjes que hemos llamado “autóctonos”, sobresalen cuatro que habitaron en la región de Gaza: Isaías, Barsanufio, Juan y Doroteo.

7. “No escondas ningún pensamiento, ninguna tribulación, ninguna voluntad propia, ninguna sospecha, sino revélalos libremente a tu abad y esfuérzate en cumplir con fe todo lo que oigas de él. Sé fiel a la recitación de los salmos, pues ella te guardará del cautiverio de la impureza. Así como la tierra no puede dar fruto sin semilla y sin agua, así tampoco el hombre producirá fruto sin austeridad y sin humildad”[4].

8. “Hermano, odia perfectamente para amar perfectamente; aléjate perfectamente para aproximarte perfectamente; desprecia como abominable una adopción para recibir una adopción; deja de hacer la voluntad (propia) y haz la voluntad; córtate y plántate; mortifícate y vivifícate; olvídate y conócete. Entonces tendrás las obras de un monje”[5].

9. “No son monjes aquellos que están en los monasterios, sino solamente el que hace la obra del monje”[6].

10. “En todas las situaciones y en todas partes mezclamos un poco de llanto y aflicción, temiendo la palabra: Tú has recibido tus bienes durante tu vida (Lc 16,25), y: Es por medio de muchas tribulaciones que debemos entrar en el reino de Dios (Hch 14,22). Y esto incluso cuando numerosas riquezas nos lleguen a las manos... Porque no es bueno estar satisfecho en todo. Quienquiera, en efecto, que pretenda eso, vive para sí mismo y no para Dios. Pues una tal persona no quiere abandonar su (propia) voluntad”[7].

11. “Es imposible para quien mantiene su propio punto de vista o un pensamiento personal, someterse o conformarse al bien del prójimo. Siendo hombres turbados por las pasiones, no debemos de ninguna manera fiarnos de nuestro corazón; porque una regla torcida tuerce incluso aquello que es recto. Si alguien hace alguna cosa según Dios, seguramente será tentado; porque toda obra buena es precedida o seguida por la tentación, y lo que es según Dios no puede tenerse por seguro sino después de haber sido probado por la tentación.

“Aquel que no tiene voluntad propia, hace siempre lo que él quiere. En efecto, quien no tiene voluntad propia está contento con todo lo que le sucede, y se encuentra haciendo constantemente su voluntad, pues no quiere que las cosas sean como él las ve, sino que las ve tal como ellas son”[8].

 

Lecturas:

El monacato, pp. 154-167.

Alejandro Masoliver, Historia del monacato cristiano. I. Desde los orígenes hasta san Benito, Madrid, Eds. Encuentro, pp. 61-64 (Col. Ensayos 78).

Matrología I, pp. 335-384.

Egeria, Itinerario 10-16; 24-49; ed. y traducción de Agustín Arce, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1980, pp. 210-231; 256-321 (BAC 416).

 


[1] Vida de santa Melania 56. 57; ed. D. Gorce en Vie de Sainte Mélanie, Paris, Eds. du Cerf, 1962, pp. 240-241 (Sources Chrétiennes, 90), Melania la Joven murió en el año 439. La Vida fue escrita, probablemente, por el monje Geroncio hacia el 440.

[2] San Jerónimo (+ 419), Vida de san Hilarión 2,1; 15,3-5; 19,1.2-4; ed., con traducción italiana, de A. A. R. Bastiaensen en Vida di Martino. Vita de Ilarione. In memoria di Paola, Verona, Fondazine Lorenzo Valla - Arnaldo Mondadori Editore, 1975, pp. 74-75; 106- 109; 114-115 (Vite dei Santi, IV). Jerónimo escribió la Vida entre el 386 y 390. Hilarión murió hacia el 371.

[3] Cirilo de Escitópolis (+ después del 557), Vida de San Sabas 28; traducción francesa de A.-J. Festugière, Les Moines d'Orient, Paris, Eds. du Cerf, 1962, T. III/2, pp. 39-40.

[4] Abad Isaías (+hacia el 488/90), Lógoi 1,27; 9,7; 4,78; traducción en Cuadernos Monásticos n. 31 (1974), pp. 604. 616. 606.

[5] Abad Barsanufio (+hacia el 540), Epístola 113; ed. con traducción inglesa de D. J. Chitty, Barsanuphius and John, Questions and Answers, Paris, Firmin-Didot et Cie. Editeurs, 1966, pp. 596-597 (PO 31,3).

[6] Abad Barsanufio, Epístola 260; traducción francesa en Barsanuphe et Jean de Gaza, Correspondance, Sable-sur-Sarthe, Abbaye Saint- Pierre de Solesmes, 1972, p. 207.

[7] Abad Juan, Epístola 192; traducción citada en la nota precedente, pp. 157-158. El abad Juan murió hacia el 543.

[8] Abad Doroteo (+ hacia el 560/80), Sentencias 1-2. 6. 12; ed. de L. Regnault - J. de Préville en Dorothée de Gaza, Oeuvres Spirituelles, Paris, Eds. du Cerf, 1963, pp. 526 ss. (Sources Chrétiennes, 92).