INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [94]

7.2. Las comunidades monásticas agustinianas [1]

Ya antes de su conversión y bautismo (años 386-7), tuvo Agustín el firme deseo de llevar vida en común, compartiendo los bienes de quienes se asociarán al proyecto y dedicándose todos al estudio y búsqueda de la sabiduría (otiose vivere). Pero este hermoso plan no prosperó. He aquí la causa: “Cuando se comenzó a discutir si en ello vendrían o no las mujeres, que algunos ya tenían y otros queríamos tener, todo aquel proyecto tan bien formado se disolvió entre las manos, se hizo pedazos y fue dejado de lado”[2]

Algunos años más tarde, casi sobre el final del largo recorrido que lo condujo a la conversión, tendrá Agustín su primer encuentro con la vida monástica. Será de modo casual, por intermedio de un tal Ponticiano, quien lo pondrá al tanto de la existencia de numerosos monasterios y le hablará de la Vida de san Antonio, obra del santo obispo Atanasio de Alejandría. “(Ponticiano) tomó la palabra, hablándonos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre excelentemente resplandecía entre tus fieles y nosotros ignorábamos hasta aquella hora. Lo que como él advirtiera, se detuvo en la narración dándonos a conocer tan gran varón que desconocíamos, y admirándose de nuestra ignorancia... De aquí su relato pasó a las muchedumbres que vivían en los monasterios, y de sus costumbres (impregnadas) de tu suave perfume (suaveolentiae tuae), y de los fértiles desiertos del yermo de los que nada sabíamos”[3].

Ponticiano incluso le va a relatar su propia experiencia, no sin antes indicarle a Agustín que en la misma Milán había un monasterio, ubicado fuera de los muros de la ciudad. En dicha experiencia aquél, estando en Tréveris, salió de paseo junto con algunos amigos y se encontró con una casa “donde habitaban ciertos siervos tuyos pobres de espíritu (ver Mt 5,3)... Allí hallaron un códice en el que estaba escrita la Vida de san Antonio. Lo que uno de ellos empezó a leer, y a admirarse, entusiasmarse, y dejando la milicia del mundo: servirte a ti”[4].

Este primer encuentro de Agustín con la vida monástica y la consiguiente lectura de la Vida del primer monje, Antonio el Grande, serán decisivos en el momento mismo de su conversión[5]. De modo que en su espíritu quedará marcado para siempre el deseo de consagrarse a Cristo en una vida común, renunciando al matrimonio y a los bienes propios, dedicado con los hermanos a la oración, la ascesis, el trabajo y el estudio.

 

Realización del proyecto

Poco tiempo después de recibido el bautismo (vigilia Pascual del 387), Agustín decide retomar junto con su madre a la tierra natal. Pero antes de embarcarse, su madre cae enferma y muere. Luego de darle cristiana sepultura, el hijo de Mónica opta por permanecer durante algunos meses en Roma, estadía que aprovecha para informarse con más detalle sobre la vida monástica, en particular la practicada en los monasterios de la gran urbe: “Conocí varios monasterios (diversorium) en los que presidían aquellos que de entre sus miembros sobresalían en modestia, prudencia y ciencia divina, viviendo en caridad, santidad y libertad cristianas. Para no ser carga uno del otro, según la costumbre de Oriente y autoridad del apóstol Pablo, se sustentaban con el trabajo de sus manos. También era increíble el ayuno que muchos practicaban rigurosamente...”[6]. Agustín comprueba que lo mismo se observa en los monasterios femeninos. Pero hay un detalle que anota con especial cuidado en las casas de ambos sexos: “A nadie se le obliga a austeridades que no pueda soportar, ni se le impone nada que rehúse hacer, ni lo desprecian los demás por su incapacidad para imitar lo que otros hacen. Se recuerdan cuánto en todas las Escrituras se recomienda la caridad: Todo es puro para los puros (Tt 1,15); y: No os mancha lo que entra en vuestra boca, sino lo que de ella sale (Mt 15,11). Y por eso todo su esfuerzo lo ponen no en abstenerse de ciertos alimentos como si estuviesen manchados sino en dominar la concupiscencia y conservar el amor de los hermanos...”[7]. Más tarde volcará esta experiencia suya sobre la necesidad de contemplar las necesidades de cada hermano en la Regla.

Con lo visto y oído en Roma como bagaje, se embarca Agustín para el África (julio/agosto 388): se inicia una nueva etapa para su vida. Pisando su tierra se dirige a Tugaste donde junto con otros compatriotas y amigos suyos funda una comunidad, aprovechando su herencia: casa y campos, para llevar a la práctica el tan ansiado deseo de servir a Dios totalmente. Su biógrafo Posidio nos dice cómo era la vida del santo en este período: “Vivía para Dios con ayunos, oraciones y buenas obras, meditando día y noche en la ley del Señor. Comunicaba lo que Dios le enseñaba por medio del estudio y la oración, y enseñaba con sus sermones y libros a presentes y ausentes”[8].

Corriendo ya el año 391 realiza una visita a la ciudad de Hipona con el doble propósito de informarse sobre las posibilidades de instalar allí una comunidad monástica y realizar una obra de caridad en favor de un hombre que estaba por entrar al seno de la fe. Es entonces cuando lo sorprende la ordenación presbiteral, que acepta con no poco disgusto, pero confiando en la gran misericordia de Dios[9].

En la nueva situación no abandonó Agustín su proyecto de vida monástica: “Y hecho presbítero instituyó luego un monasterio en la iglesia, y empezó a vivir con los siervos de Dios según el modo y regla establecido por los santos apóstoles (ver Hch 4,32 ss). Sobre todo, cuidaba que nadie tuviese alguna cosa propia en aquella sociedad, sino que todo fuese común, y se distribuyese a cada uno según su necesidad, como él mismo lo había practicado primero, cuando volvió de Italia (transmarinis) a su patria”[10]. Hacia el final de sus días (año 425), en una homilía, recordará Agustín cómo el obispo Valerio lo apoyó en su santo propósito, dándole un huerto apto para instalar el monasterio. De esa forma se fue constituyendo una nueva comunidad: “Comencé a reunir a los hermanos con el mismo buen propósito, pobres como yo, nada tenían, y cuando tenían me imitaban el modo que yo había vendido mi escaso patrimonio y dado a los pobres. Así debían hacerlo también aquellos que quisiesen estar conmigo, viviendo de lo común. Dios mismo sería para nosotros nuestro común, grande y rico patrimonio”.

Agustín, pues, no cesaba en su empeño: una nueva ciudad y otra situación personal no eran obstáculos suficientes para hacerlo desistir de su entusiasmo por la vida monástica. Pero Dios también tenía sus proyectos[11].

 

“Llegué al episcopado...”

“Y vi la necesidad para el obispo de ofrecer hospitalidad a los que sin cesar iban y venían, pues al no hacerlo se mostraría inhumano. Delegar esa función en el monasterio parecía inconveniente. Y quiso tener en esta casa episcopal el monasterio de clérigos. He aquí de qué modo vivimos. A ninguno le está permitido tener algo propio”[12]. Un nuevo cambio en su existencia lo obliga a modificar una vez más su original proyecto, mas no pierde vista el santo propósito: llevar a la práctica el modelo de vida de la primitiva comunidad apostólica. Pocos años tuvo Agustín la dicha de vivir en paz la vida monástica; con todo, permaneció firme en el convencimiento de que, aun en medio de las numerosas solicitaciones de su servicio episcopal, no debía perder lo que con tanto ardor había abrazado en el momento de la conversión.

Como obispo, Agustín será propagador incansable de la vida monástica y promoverá la fundación de nuevos monasterios, los cuales a su vez serán fuente de gracias y también de obreros para su iglesia, y más tarde para otras iglesias del África[13].

Sin embargo, para nosotros es fruto especialmente caro su enseñanza sobre la vida monástica que no cesó de prodigar, en la medida que sus múltiples empeños se lo iban consintiendo. La doctrina de Agustín ha sido espejo en el que tantos monjes y monjas se han mirado en su camino de ascensión hacia las cumbres de la caridad.

 

Un solo corazón y una sola alma

En distintas oportunidades y diversas obras, Agustín, durante su episcopado (395/6-430), abordó prácticamente todos los temas que pueden denominarse monásticos.

Dos obras, próximas en el tiempo (año 401), le sirvieron para tocar puntos tan importantes como: la castidad y el trabajo. Sobre la primera trata en el De sancta virginitate, insistiendo en su carácter de don divino y, por ende, con cuánta humildad debe ser custodiada[14]. Es asimismo un don que expresa la consagración a Dios de modo muy patente[15]. Sobre el trabajo trata en su obra De opere monachorum, libro escrito a pedido del obispo Aurelio Cartago con motivo de una disputa surgida a raíz de que ciertos monjes sostenían que no se debe trabajar, y además no se cortaban el cabello[16]. Agustín demuestra que los monjes deben dedicarse al trabajo: necesario e importante para la vida monástica, y también a la oración. Sólo enfermedad, ministerio pastoral o estudio son motivaciones válidas para eximirse del trabajo.

Otro tema particularmente querido a Agustín es el de la pobreza. En ocasión de una dificultad surgida por problemas de herencia entre dos hermanos que se habían consagrado al Señor en la vida monástica, lo lamentará con acentos cargados de emoción sincera: “Sabéis todos o casi todos que en esta casa, llamada casa episcopal, vivimos de manera que, en la medida de nuestras fuerzas, imitamos aquellos santos, de los que dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: Nadie decía propia a una cosa, sino que todas las cosas eran comunes (Hch 4,32)... Nada traje; no vine a esta iglesia (de Hipona) sino con la ropa que en aquel tiempo vestía... He aquí de qué modo vivimos. A ninguno le está permitido en la comunidad tener algo propio. Pero tal vez algunos lo tienen. A ninguno le está autorizado, si algunos lo tienen, hacer lo que no les está permitido. Pienso bien de mis hermanos, y por pensar siempre bien me he abstenido de una investigación al respecto, porque al hacerla me parecía como desconfiar de ellos. Sabía y sé que todos los que conmigo viven conocen nuestro propósito, conocen la norma de nuestra vida”[17].

Pobreza y vida común eran, y lo fueron hasta el final de su vida, constituyentes esenciales de la vida monástica en el pensamiento de Agustín. Van juntos: no hay verdadera vida común sin pobreza comunitaria; no hay verdadera pobreza sin vida comunitaria. Y entiéndase bien que se trata de la pobreza de nada tener como propio, ninguna cosa reservarse para uso privado. Esto no significa que el monje renuncia para luego hallarse en una situación económica mejor que la tenía en el mundo, antes de entrar al monasterio. Tal posibilidad ciertamente puede darse, mas en la nueva vida el monje ya nada tiene ocasión de denominarlo propio. Además, Agustín en varias ocasiones recuerda a los siervos de Dios la necesidad de vivir realmente una pobreza material, compartiendo la suerte de los menos favorecidos y dando auténtico testimonio cristiano de desprendimiento[18].

Puede considerarse como una suerte de síntesis del pensamiento de san Agustín sobre la vida monástica su Enarratio al Salmo 132, que puede datar del año 407. En ella aclara qué entiende por monje: “Monos significa uno solo. Los que viven en unión de modo que hacen un solo hombre, para que se cumpla en ellos verdaderamente lo que está escrito: un alma y un corazón (Hch 4,32), son muchos cuerpos, pero no muchos corazones. Con razón se llaman monos, es decir uno solo”[19]. La concordia fraterna, el ser los monjes uno solo con los hermanos por la caridad es un don de Dios: “Como rocío del Hermón que desciende sobre los montes de Sión (Sal 132 [133],3). Con esto quiso se entendiese, hermanos míos, que por la gracia de Dios es que los hermanos habitan en uno; no por sus fuerzas, no por sus méritos, sino por un don de Dios, por su gracia, que es como rocío del cielo...”[20].

El monje es aquel que como el profeta “Daniel eligió la vida quieta, servir a Dios en el celibato, es decir no buscando mujer... Varón entregado en vida a los deseos celestiales”[21], Y ello viviendo en comunión con sus hermanos que tienen el mismo ideal de vida: “No habitan en unión sino en los que es perfecta la caridad de Cristo. Pues en los que no es perfecta la caridad de Cristo, aunque sean uno odian, son molestos, son turbulentos, con su ansiedad turban a otros y buscan qué decir de ellos... Pero ¿quiénes son los que habitan en común unión? Aquellos de quienes se dice: Eran un solo corazón y una sola alma en Dios; y nadie decía que algo era propio, sino que todas las cosas le eran comunes” (Hch 4,32)[22].

 


[1] Cuadernos Monásticos n. 80 (1987), pp. 115-126.

[2] Conf. 6,14,24: BAC 11, pp. 256-257. Para comodidad del lector de nuestra lengua remitimos, en las citas de las obras de Agustín, a la edición de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), señalando el número de orden de los volúmenes en dicha colección. Pero nuestra traducción castellana no sigue siempre la allí presentada.

[3] Conf. 8,6,14-15: BAC 11, pp. 324-325.

[4] Conf. 8,6,15: BAC 11, p. 325.

[5] Ver Conf. 8,12,29: BAC 11, pp. 339-340; Vita Antonii 2.

[6] De mor. eccl. cath. 1,33,70: BAC 30, pp. 344-345. Ver Conf. 9,8,17: BAC 11, p. 364.

[7] De mor. eccl. cath. 1,33,71: BAC 30, p. 344-345.

[8] Vita s. Aug. 3: BAC 10, pp. 362-363. Ver las Epístolas 3 a 14: BAC 69, pp. 24-67.

[9] Cf. Ep. 21,3-4 (a Valerio, obispo de Hipona): BAC 69, pp. 84-87; Conf. 10,43,70 y 11,2,2: BAC 11, pp. 453 y 465.

[10] Vita s. Aug. 5: BAC 10, pp. 364-367.

[11] Sermo 355,2: BAC 461, pp. 245-247.

[12] Sermo 355,2: BAC 461, p. 246; ver Sermo 356: BAC 461, pp. 255-270.

[13] Cf. Vita s. Aug. 11: BAC 10, pp. 374-377; Ep. 60,1: BAC 69, pp. 371-372.

[14] Cf. Retract. 2,13: PL 32,635. De sanct. virg. liber I: BAC 121, pp. 138-227.

[15] “No alabamos a las vírgenes por el hecho de ser vírgenes, sino por ser vírgenes consagradas a Dios por una religiosa continencia” (De sanct. virg. 11,11: BAC 121, pp. 150-151). Lo mismo se debe aplicar a los monjes.

[16] Retract. 2,21; PL 32,638-639. De op. mon.: BAC 121, pp. 696; 771.

[17] Sermo 355,2: BAC 461, pp. 246-247.

[18] Agustín es muy sensible al testimonio que deben dar los consagrados de verdadera pobreza, manifestada en una completa renuncia a las posesiones personales. Puede verse a este respecto el cuidado con que explica a sus fieles hasta el más mínimo detalle que pueda prestarse a malentendidos en los Sermones 355 y 356 (BAC 461, pp. 245-270). Para un estudio más detallado sobre este tema ver D. Sanchis, Pauvreté monastique el charité fraternelle chez Saint Augustin. Le commentaire de Actes 4,32-35 entre 393 et 403: Studia Monastica 4 (1962), pp. 7-33.

[19] Enarr. in Ps. 132,6: BAC 264, p. 471.

[20] Enarr. in Ps. 132,10: BAC 264, p. 475.

[21] Enarr. in Ps. 132,5: BAC 264, pp. 468-469.

[22] Enarr. in Ps. 132,12: BAC 264, pp. 477-478. Para completar, esta síntesis ver las Epístolas 48; BAC 69, pp. 280-285; 157: BAC 99, pp. 380-425; 210-211: BAC 99, pp. 986-993; 243: PL 33,1055 ss.