LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (101)

Capítulo sexagésimo sexto: Los porteros del monasterio

A la puerta del monasterio póngase a un anciano discreto, que sepa recibir recados y transmitirlos, y cuya madurez no le permita estar ocioso. Este portero debe tener su celda junto a la puerta, para que los que lleguen encuentren siempre presente quién les responda. En cuanto alguien golpee o llame un pobre, responda enseguida “Deo gratias” o “Benedic”, y con toda la mansedumbre que inspira el temor de Dios, conteste prontamente con fervor de caridad. Si este portero necesita un ayudante, désele un hermano más joven. Si es posible, debe construirse el monasterio de modo que tenga todo lo necesario, esto es, agua, molino, huerta, y que las diversas artes se ejerzan dentro del monasterio, para que los monjes no tengan necesidad de andar fuera, porque esto no conviene en modo alguno a sus almas. Queremos que esta Regla se lea muchas veces en comunidad, para que ninguno de los hermanos alegue ignorancia (Capitulo 66, versículos 1-8).

Este capítulo era sin dudas, en una primera redacción, el último de la Regla. Dos hechos concordantes lo sugieren. En primer lugar, la frase final sobre la lectura de la Regla, que suena como una conclusión. Luego, el lugar del capítulo correspondiente al del Maestro, que es el último (RM 95). Como su predecesor, Benito habría terminado, en un primer momento, su obra legislativa con estas prescripciones sobre la puerta y el portero, manera muy natural de concluir tanto la Regla como el monasterio. Después, nuevas cuestiones le harán insertar seis capítulos suplementarios antes del epílogo.

Al ubicar en la puerta a un hermano de edad, Benito sigue parcialmente al Maestro, que confiaba la carga a dos ancianos. Pero además de la reducción a un solo titular, que puede ser compensada con la adjunción de un hermano más joven, la Regla benedictina tiene como peculiaridad las aptitudes que requiere del portero: sabiduría, competencia, madurez. Ser “sabio” es una cualidad genérica, ya requerida del mayordomo (RB 31,1) y del hospedero (RB 53,22). “Saber recibir y dar una respuesta” es más específicamente necesario en la puerta. Benito le concede gran importancia, como lo muestran las repeticiones de esas palabras en la continuación del texto. Aquí radica la principal diferencia con su antecesor. Para el Maestro, la tarea de los porteros solo consistía en abrir y cerrar la puerta, la cual debía permanecer siempre cerrada. En cambio, para Benito, la función es propiamente humana: responder a toda persona que llame.

Esta prontitud en responder es descrita con una sorprendente insistencia. Como en el capítulo sobre los huéspedes, se percibe aquí el espíritu de fe, el respeto por todos los hombres, el amor particular por los pobres que posee Benito. La primera palabra del portero es una acción de gracias o un pedido de bendición, una y otra reconociendo inmediatamente a Dios en el hombre que se presenta. Suavidad y fervor, temor y amor: no se puede mostrar más intensamente la cualidad religiosa de este servicio.

En el parágrafo que sigue, Benito recuerda a la vez al Maestro y la Historia de los monjes de Egipto. Esta presentaba un monasterio ejemplar, el del abad Isidoro, cuya clausura infranqueable encerraba todo lo que necesitaban los monjes: pozos, jardines, huertos y el resto (Historia Monachorum in Aegypto 17). Con el Maestro, Benito introduce en la argumentación el molino, y agrega por su parte “las diversas artes”. En los tres autores la finalidad de esta autarquía es impedir las salidas. Al igual que el portero, los otros monjes no tienen interés en andar fuera del monasterio. Como lo dice bellamente el Maestro: “Encerrados en el interior con el Señor, los hermanos estarán, de alguna forma en el cielo, separados del mundo a causa de Dios” (RM 95,23).

Conclusión primitiva de la Regla, la nota final probablemente era seguida por el epílogo (RB 73). Esta forma de terminar una legislación monástica prescribiendo su lectura frecuente remonta a san Agustín, quien quería que se leyese la suya cada semana (Praeceptum VIII,2). Por su parte, el Maestro hacía leer su regla en el refectorio continuamente. La Regla benedictina, tres veces más corta, es menos apta para ocupar el tiempo de las comidas. Impreciso sobre este punto, como sobre muchos otros, Benito se contenta con pedir que sea leída “frecuentemente”. Las tres lecturas del año de noviciado (RB 58,9-13) han servido para concretar esta norma. Gracias a lo cual, no solamente nadie puede ignorar la ley, sino que, más aún, todos se impregnan de un lenguaje que conduce a Dios.