Inicio » Content » LAS ESCRITURAS Y LA IDENTIDAD PERSONAL. UN ESTUDIO EN LOS “EJERCICIOS” DE SANTA GERTRUDIS

Vitral de santa Gertrudis, Abadía Saint-Benoît-du-Lac, Quebec, Canadá.

Maureen McCabe, ocso[1]

“¿Cuándo encenderás[2] la lámpara de mi alma de modo que ya no pueda apagarse, y que, encendiéndose siempre de nuevo en ti, me haga conocerme a mí misma en ti, así como soy conocida?”[3]. Así reza Gertrudis de Helfta, monja y mística del pasado siglo XIII. Sus escritos siguen siendo para nosotros una fuente de bendición y de luz. Su oración expresa una sed por conocer aquello que no se adquiere por introspección y que solo se recibe como don -el autoconocimiento, que preocupaba a los Padres Cistercienses y del cual Guillermo de Saint Thierry escribió: “El alma nunca podrá conocerse a sí misma (lo que es y aquello de lo que es capaz) si no se encuentra a sí misma en esta luz”, es decir a la luz del ‘rostro de Dios’[4]. Este breve estudio explorará el tema del autoconocimiento en los Ejercicios de Gertrudis, en relación con una vía específica de conocimiento: la Sagrada Escritura. Más precisamente, probaré su experiencia personal de las Escrituras como una guía para un más profundo conocimiento de sí misma en la escuela del Espíritu, en el ser llamada por su nombre y en la experiencia de la fecundidad de la Palabra.

Gertrudis, como todos aquellos hombres y mujeres que vivieron de acuerdo con la tradición cisterciense, caminó y luchó con la Palabra de Dios y abrió sin reservas su vida a ésta, en la lectio divina y en la liturgia. Para ella, esta era una palabra de fuego[5]. Sus Ejercicios, tan totalmente impregnados de imágenes bíblicas, dan un elocuente testimonio del intrínseco poder de la Palabra para derramar luz, purificar, renovar y sanar, funciones de las cuales las Escrituras mismas dan testimonio:

“¿No es mi Palabra como fuego, dice el Señor, como un martillo que pulveriza las rocas?” (Jr 23,29).

“La Palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía (…) sin haber realizado aquello para lo que había sido enviada” (Is 55,11).

“Ustedes ya están limpios, por la Palabra que yo les he dicho” (Jn 15,3).

Su obra devocional[6] revela asimismo a una mujer que ha hecho propia la Palabra y que -por así decirlo-  ha entrado en sí misma a través de la Palabra.

 

Gertrudis y la escuela del Espíritu

“Concédeme -pide Gertrudis- que yo pueda, en esta vida, conocer tan perfectamente tu Escritura llena de amor, que, llenándome de tu caridad, no me quede sin conocer ni una jota”[7]. Ella no deja aquí ninguna duda acerca del curso de estudios que intenta seguir a lo largo de toda su vida. Pero, como su Padre san Benito, es consciente de que tal objetivo demanda un ambiente apropiado, una escuela del servicio del Señor. Con este fin, pide en el segundo Ejercicio, en el que recuerda su recepción del santo hábito-, que pueda ser recibida por el Señor en el claustro del amor, como en una Escuela del Espíritu Santo[8]. Escuela, curriculum, instructor -esta deliciosa imaginería pedagógica que Gertrudis desarrolla con detalle, es por un lado, un homenaje al celo de su abadesa, Gertrudis de Hackeborn, en la promoción de los estudios, que en última instancia, redundarían en un más profundo conocimiento de la Sagrada Escritura. Es por otro lado, la natural expresión de su fuerte inclinación intelectual. En “El Heraldo de la misericordia divina”, el relato de Gertrudis sobre su conversión a la vida interior, ella alaba a Dios, no solo por apartarla del excesivo amor a los estudios profanos, sino también por “prepararme un brebaje adecuado a mi temperamento”, un temperamento que tiene una ávida sed de conocimiento y la aptitud para adquirirlo[9]. Por “brebaje” ella quiere significar, evidentemente el conocimiento y amor de las cosas de Dios, que ahora reclama su ser entero. Su sed de conocimiento se arraigó al final en la total disponibilidad al Espíritu, en la convicción de que ella era la estudiante de este Instructor más perfecto y de nuestro Señor, que la había ungido con el Espíritu.

La unción es una realidad espiritual muy cara a Gertrudis. Varias veces en los Ejercicios ella alude al texto de 1 Jn 2,27: “La unción que Él les dio les enseña todas las cosas”. En el primer Ejercicio, en el que conmemora el bautismo, como en el cuarto, sobre la profesión monástica, ella exhorta a sus lectores a pedir al Señor que la unción de su Espíritu les enseñe todas las cosas. En el segundo Ejercicio ella aspira a un rápido avance en la escuela del Espíritu, por medio de dos ayudas: la disciplina de la gracia y la unción que enseña todas las cosas. En el quinto Ejercicio aconseja:

“Ruega al Señor, el más perfecto de todos los maestros, que, por la unción de su Espíritu, te enseñe el arte del amor, aceptándote como su propia discípula. Que bajo su tutela puedas ejercitarte incesantemente en la virtud de la caridad”[10].

Siempre su corazón está decidido a comprender la más excelente lección, el más profundo misterio: el del amor. Ella se decide a “examinar, considerar, aprender, conocer y reconocer cada letra del alfabeto del amor”[11], a orar ardientemente para que su comprensión sea penetrada por la luz que solo el amor derrama[12]. Claramente Gertrudis ha experimentado la unción del Espíritu. Juan escribe que solo a persona que ama conoce a Dios (1 Jn 4,8) y es el Espíritu, que unge los corazones de todos los bautizados, quien obra incesantemente para llevar a cada uno a esa comunión de amor con Dios, por la cual se puede realmente exclamar: “Yo lo conozco”. Este es un conocimiento que tiene mucho menos que ver con los procesos de pensamiento racional, que con la connaturalidad, es decir con una semejanza interior con el Dios que es amor.

Con el Espíritu como tutor y las Escrituras como su texto, Gerturdis se compromete a sí misma con integridad de corazón en este camino de conocimiento -para conocer al Señor y “a sí misma en Él”- con el segundo aspecto, fruto del primero: el auto-conocimiento. La convicción que Gertrudis expresa en oraciones simples y dispersas, san Bernardo la refirió de una vez en una singular exhortación que clarifica este punto:

“Volvamos ahora a nosotros mismos y examinemos nuestros caminos, y para cumplir esto en la verdad, invoquemos al Espíritu de la verdad, llamémoslo desde la profundidad a la cual Él nos ha llevado, porque Él nos conduce por el camino por el cual nos descubrimos a nosotros mismos”[13].

Continuará



[1] La autora es actualmente la abadesa de Mount Saint Mary’s Abbey, Wrentham, Massachusett, U.S.A.

[2] Este trabajo fue publicado en: John A. Nichols & Lillian Thomas Shank, ed.: Hidden Springs: Cistercian Monastic Women. Medieval Religious Women, Volume Three, Book two. USA, Cistercian Publications Inc., 1995, pp. 497-507. Agradecemos la autorización de los editores y la autora, para traducirlo y publicarlo. Tradujo la hna. Ana Laura Forastieri, ocso.

[3] Gertrude of Helfta, The Exercises, translated by a Benedictine Nun of Regina Laudis (Westminster, Maryland: Newman Press, 1956), p. 126. Todas las referencias son a esta edición, que es algo modernizada y puesta al día. Después que este ensayo fuera compuesto, se publicó una traducción más reciente: Gertrud the Great of Helfta, Spiritual Exercises, Cistercian Fathers Series Number 49, translated by Gertrud Jaron Lewis and Jack Lewis (Kalamazoo, Michigan: Cistercian Publications, 1989)

[4] William of Saint Thierry, Exposition of the Song of Songs, translated by Columba Hart osb, Cistercian Fathers Series Number 6 (Spencer, Massachusetts: Cistercisn Publications, 1970) p. 54

[5] Exercises, p. 96.

[6] Exercices, p. 97.

[7] N. de T.: Los Ejercicios.

[8] Exercises, p. 20.

[9] The Life and Revelations of Saint Gertrude, translated by M. Frances Clare, PC (Westminster, Maryland: Newman Press, 1952), p. 73. También traducido por Alexandra Barratt, The Herald of God’s Loving-Kidness, Cistercian Fathers Series Number 35 (Kalamazoo, Michigan, Cistercian Publications, 1991).

[10] Exercises, p. 95.

[11] Exercises, p. 97.

[12] Exercises, p. 70.

[13] Bernard of Clairvaux, SC 17, On the Song of Songs 1, Cistercian Fathers Series 4, translated by Kilian Walsh, ocso (Spencer, Massachusetts: Cistercian Publications, 1971), p. 132.