Inicio » Content » JUAN CASIANO: “CONFERENCIAS” (Conferencia II, capítulos 9-11)

Capítulo 9. Pregunta sobre la adquisición del verdadero discernimiento

La pregunta que propone Germán conduce, en adelante, el desarrollo hacia el modo de adquirir el verdadero discernimiento. Se trata, conforme a una valiosa expresión, de ver el carácter espiritual y evangélico que debe desarrollar en su vida el monje.

 

9. Ante esto Germán dijo: “De estos ejemplos recientes y de las definiciones de los antiguos, de forma suficiente y abundante queda claramente establecido que el discernimiento es la fuente y, en cierta forma, la raíz de todas las virtudes. Por tanto, queremos que nos enseñes cómo se debe adquirir, o como se puede reconocer que sea verdadera y proviene de Dios, o falsa y diabólica, según aquella parábola evangélica que has examinado en el precedente tratado, por la que se nos ordena ser hábiles cambistas[1], cuando vemos la imagen del verdadero rey impresa sobre la moneda, que no ha sido acuñada de forma legítima. Y, por tanto, como has dicho en la conferencia de ayer, utilizando una palabra de uso vulgar, la reprobamos como una moneda falsa, instruidos por aquella pericia sobre la que has hablado copiosa e íntegramente, y que has indicado que debe poseer el cambista espiritual y evangélico. Pues, ¿para qué serviría su virtud y su gracia, si no sabemos el modo de buscarla y adquirirla?”.

 

Capítulo 10. Respuesta: cómo se puede poseer el verdadero discernimiento

Para adquirir el discernimiento es necesario practicar la humildad. Y ésta, a su vez, se hace efectiva en la apertura, en la capacidad de confrontar todas nuestras acciones y pensamientos con los ancianos. El Maligno se goza cuando ve que los monjes ocultan algo en su corazón y no son capaces de extirpar el mal que los mantiene sometidos.

 

El discernimiento se adquiere por medio de la humildad

10.1. Entonces Moisés dijo: «El verdadero discernimiento no se consigue si no por medio de la verdadera humildad. La primera prueba de esta humildad será si todo, no solo lo que hace, sino también lo que piensa, se reserva al examen de los ancianos, de modo que para nada confíe en su juicio, sino que acepte que debe juzgar lo que es bueno o malo conforme a la tradición de ellos.

 

La humildad se practica manifestando todos nuestros movimientos a los ancianos

10.2. Esta enseñanza no solo instruirá al joven para caminar por el verdadero camino del discernimiento, sino que también lo preservará ileso de todos los fraudes e insidias del enemigo. Pues quien vive no según su propio juicio, sino de acuerdo al ejemplo de los ancianos, no podrá ser engañado de ninguna forma; y el astuto enemigo no podrá valerse de la ignorancia de quien no sabe cómo esconder todos los pensamientos que nacen en el corazón por una perniciosa vergüenza, reprobándolos o admitiéndolos por medio del maduro examen de los ancianos.

 

Sacar a la luz los malos pensamientos para expulsar de su antro a la serpiente

10.3. En seguida que el mal pensamiento es revelado se marchita, y antes que sea proferido el juicio del discernimiento, la serpiente negrísima, como sacada fuera de su cueva tenebrosa y subterránea hacia la luz con la virtud de la confesión, se retirará, al hacerse patente en cierto modo su deshonestidad. Porque sus dañinas sugestiones dominan en nosotros mientras las tenemos escondidas en el corazón.

10.3a. Y para que puedan aferrar más eficazmente la fuerza de estas sentencias, les referiré un hecho del abad Sarapión[2], que él proponía con mucha frecuencia los jóvenes para provecho de su instrucción».

 

Capítulo 11. Palabras de abba Sarapión sobre la languidez de los pensamientos manifestados y sobre el peligro de confiar en sí mismo

 

11.1. Dijo abba Sarapión[3]: «Cuando todavía era un jovencito y vivía con abba Teona[4], había contraído esta costumbre, debida al ataque del enemigo: después de haber comido con el anciano a la hora de nona escondía secretamente en mi pecho un pan seco[5], que comía a la noche ocultamente, sin que aquel me viera. Aunque cometiera continuamente este robo con la connivencia de mi voluntad y por la incontinencia del deseo ya desarrollado, sin embargo, satisfecha la concupiscencia fraudulenta, cada vez que volvía a mí mismo me afligía por haber cometido tan grave crimen, como por el deleite de haber comido algo robado.

 

Prisionero de un mal hábito

11.2. Y cuando, obligado a cumplir esta muy molesta obra cada día, no sin dolor de mi corazón, como si me fuera impuesto por los inspectores del faraón en el lugar de la fábrica de ladrillos (cf.  Ex 5), sin embargo, no podía liberarme de su muy cruel tiranía y me avergonzaba confesar al anciano mi robo furtivo. Pero sucedió, por voluntad de Dios, que quería arrancarme de esta cautividad, que algunos hermanos procuraran la celda del anciano para obtener edificación de él.

 

Las palabras de abba Teona provocan la conversión

11.3. Cuando terminó la refección, el anciano comenzó la conferencia espiritual, examinando y respondiendo a las preguntas que ellos le proponían sobre el vicio de la gula (gastrimargia) y el dominio de los pensamientos ocultos; y discurría asimismo sobre su naturaleza y la muy atroz fuerza que tienen mientras permanecen ocultos. Yo, compungido por el vigor de esta conferencia, y aterrado por los remordimientos de conciencia, como creyendo que decía esas cosas porque el Señor le había revelado los secretos de mi corazón, primero fui sacudido con gemidos ocultos, después, por la creciente compunción de mi corazón, prorrumpí en sollozos y lágrimas manifiestos; el pan, que por viciosa costumbre substraía para comerlo a escondidas, lo saqué del pecho, consciente y responsable de mi robo; y cuando lo puse en medio, dije cómo lo comía ocultamente cada día, y, postrado en tierra, confesé mi falta y pedí perdón; y con abundante profusión de lágrimas imploré que pidiesen a Dios que me liberara de tan dura cautividad.

 

La confesión sincera de nuestras faltas nos libera

11.4. Entonces el anciano dijo: “Ten confianza, joven. Tu confesión te ha liberado de esta cautividad, incluso estando yo en silencio. Hoy, con tu confesión, has triunfado sobre tu adversario, derribándolo de un modo más vigoroso que cuando tú mismo eras vencido por él con tu silencio. Hasta ahora no confutándolo ni con tu palabra ni con la de otro, has permitido que te domine, según aquella sentencia de Salomón: ‘Puesto que no se ejecuta rápidamente la sentencia de los que hacen el mal, por eso el corazón de los hijos de los hombres está lleno del deseo de hacer el mal’ (Qo 8,11 LXX). Y por lo mismo, puesto ya en evidencia, este nefasto espíritu no podrá inquietarte, ni la muy deshonesta serpiente te usará en adelante para esconderse en tu interior; por tu saludable confesión has sido llevado desde las tinieblas de tu corazón hacia la luz”.

 

Sarapión queda libre de la dominación del demonio

11.5. Todavía no había completado estas palabras el anciano, y he aquí que salió de mi pecho como una luz encendida, llenando de un olor sulfúreo la celda, de modo que la vehemencia del olor apenas nos permitía permanecer en ella.

11.5a. Y el anciano retomando la admonición dijo: “He aquí que el Señor ha aprobado visiblemente la verdad de mis palabras para ti, para que puedas ver con tus ojos al instigador de aquella pasión expulsado de tu corazón por tu salutífera confesión, y reconocer con esta abierta expulsión que el enemigo, hecho patente, no habitará ya más en ti”.

11.5b. Por consiguiente, dijo [abba Sarapión], según esta sentencia del anciano, gracias a la fuerza de esta confesión, en mí la dominación diabólica de aquella tiranía se extinguió y fue neutralizada para siempre; de modo que el enemigo no intentó insinuar la memoria de esa concupiscencia, ni después de esto nunca me he sentido instigado a realizar aquel furtivo deseo.

 

La más peligrosa mordedura de la serpiente es aquella silenciosa y oculta

11.6. Tal el sentido de lo que leemos en el Eclesiastés: ‘Si la serpiente, dice, muerde cuando no hay encantamiento, ningún provecho logra el encantador’ (Qo 10,11 LXX)[6], señalando así que la mordedura silenciosa es perniciosa; es decir, si por medio de la confesión, la sugestión o el pensamiento diabólico no se manifiestan a algún encantador, o sea a un hombre espiritual, que de inmediato pueda curar la herida con las canciones de las Escrituras y extraer del corazón el nocivo veneno de la serpiente, ese [varón espiritual] no podrá socorrer al que está en peligro, a punto de morir. De este modo, en consecuencia, podemos llegar fácilmente al conocimiento del verdadero discernimiento, siguiendo las huellas de los ancianos, sin presumir hacer algo por nuestra cuenta, ni decidir según nuestro juicio, sino conformándonos a la tradición y a la probidad de vida de aquellos, para progresar en todas las cosas.

 

El consejo de los ancianos es necesario

11.7. Quien se afiance en esta enseñanza no solo llegará al método perfecto del discernimiento, sino que también permanecerá completamente inmune a todas las insidias del enemigo. Con ningún otro vicio el diablo arrastra y conduce a la muerte al monje, sino cuando lo persuade a confiar en su juicio y en su determinación, despreciando el consejo de los ancianos. Porque cuando todas las artes y disciplinas inventadas por el ingenio humano, y que para nada aprovechan si no para hacer más cómoda esta vida temporal, no pueden ser comprehendidas correctamente sin el conocimiento de alguien que las enseñe, aunque se puedan palpar con las manos y ver con los ojos, qué inepto es creer que solo esto, [el discernimiento], no necesita un maestro. Lo que es invisible y oculto, y que no se puede ver si no con un muy puro corazón, perderlo no solo significa un daño temporal, que no es fácil reparar, sino la perdición del alma y la muerte eterna.

 

Nuestra lucha es contra enemigos invisibles y crueles

11.8. En efecto, en conflicto, no con enemigos visibles, sino invisibles y crueles, día y noche, y en lucha espiritual no contra uno o dos, sino contra innumerables catervas, la caída es tanto más perniciosa cuanto el enemigo es más feroz y oculta la batalla. Y por esto hay que seguir siempre las huellas de los ancianos con suma atención, y cada cosa que surge en nuestros corazones debe ser presentada a ellos, para quitar el velo de la vergüenza».

 


[1] Cf. Conf. I,20.1.

[2] La existencia de Sarapión (o Serapión) en Escete está asegurada solamente por Casiano, quien lo describe como aceptando con mucha dificultad la condena del antropomorfismo; era para entonces muy anciano (Conf. X,3.1); y le asigna la Conferencia Vª. En el texto presente es considerado un padre espiritual lleno de discernimiento (Conf. II,10,3; cf. XVIII,11.2-4). Paladio nos da a conocer otros dos monjes con este nombre: “el sindonita” (HL, cap. 37, ed. cit., pp. 182-193) y “el nitriota”, o Sarapión (Serapión) el Grande (HL, caps. 7 y 46; ed. cit., pp. 38 y 222); y la Historia monachorum in Aegypto (cap. 18; ed. cit., pp. 114-115; trad. cit., p. 143) a un tercero, higúmeno cerca de Arsinoé. Serapión o Sarapión era un nombre común en Egipto. Cf. Rufino, Historia monachorum sive de vita sanctorum Patrum, cap. 18; ed. Eva Schulz-Flügel, Berlin – New York, Walter de Gruyter, 1990, p. 349 (Patristische Texte und Studien, Bd. 34).

[3] Este relato lo hallamos también en la Colección sistemática latina (Verba Seniorum), cap. 4, n. 25 (PL 73,867 C-868 D): «El abad Moisés nos contó esta historia que había escuchado al abad Serapión: “En mi juventud vivía con mi abad Theonas. Comíamos juntos, y al final de la comida, por instigación del diablo, robé un panecillo y lo comí a escondidas, sin que lo supiera mi abad. Como seguí haciendo lo mismo durante algún tiempo, el vicio empezó a dominarme y no tenía fuerzas para contenerme. Tan sólo me condenaba mi conciencia y me daba vergüenza el confesárselo al anciano. Pero por una disposición de la misericordia de Dios, unos hermanos vinieron a visitar al anciano buscando provecho para sus almas y le preguntaron sobre sus propios pensamientos. El anciano respondió: “Nada hay tan perjudicial para los monjes y alegra tanto a los demonios como el ocultar sus pensamientos a los Padres espirituales”. Luego les habló de la continencia. Mientras hablaba, yo me puse a pensar que Dios había revelado al anciano lo que yo había hecho. Arrepentido, empecé a llorar, saqué del bolsillo el panecillo que tenía la mala costumbre de robar y arrojándome al suelo pedí perdón por el pasado y su oracióin para enmendarme en el futuro. Entonces el anciano me dijo: “Hijo mío, sin que yo haya tenido necesidad de decir una sola palabra, tu confesión te ha liberado de esa esclavitud; y acusándote tú mismo, has vencido al demonio que entenebrecía tu corazón procurando tu silencio. Hasta ahora le habías permitido que te dominara sin contradecirle ni resistirle de ninguna manera. En adelante, nunca más tendrá morada en tí, porque ha tenido que salir de tu corazón a plena luz”. Todavía estaba hablando el anciano cuando se hizo realidad lo que decía: salió de mi pecho una especie de llama que llenó toda la casa de un olor fétido, hasta tal punto que los presentes pensaron que se había quemado una buena cantidad de azufre. Y el anciano dijo entonces: “Hijo mío, con esta señal, el Señor ha querido darnos una prueba de la verdad de mis palabras y de la realidad de tu liberación”».

[4] Theona, o Teonas (Theonás) probablemente se trata del mismo al que Casiano le atribuye tres Conferencias (21-23). Hallamos asimismo un apotegma suyo en la Colección alfabética griega: «Dijo abba Teonás: “Cuando la mente está ocupada fuera de la contemplación de Dios, nos volvemos esclavos de las pasiones carnales”» (PG 65,197 C). Cf. Teodoro de Fermo 18 (PG 65,192 AB); y Pastor (Poimén) 151 (PG 65,360 AB).

[5] Paxamatium: pan cocido entre la ceniza, o bizcocho (paxamadion), muy común entre los monjes egipcios (cf. Blaise, p. 603).

[6] Trad. conforme a La Biblia griega Septuaginta, p. 377.