Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [72]

5.2.2. El monasterio de Lérins

Euquerio de Lyón: Alabanza del desierto[1]

[Prólogo]

1. Si hace un tiempo, tú te fuiste de tu casa y dejaste tus parientes[2], y con gran ánimo, ciertamente, te internaste en un lugar retirado, sobre el gran mar, ahora con mayor valor aún, te has ido al desierto.

Cuando primero te fuiste a vivir allí, fuiste acompañado de un guía, alguien que te precedía en tu camino, un maestro de la milicia celestial[3]. Y aunque habías dejado a tus padres, seguías a un padre cuando a él lo seguías. Pero cuando te enteraste que aquél iba a ser elevado a la dignidad episcopal, tu amor por el desierto escondido te volvió a llamar. Y ahora, el ejemplo que das es más noble y más grande. Antes, cuando te fuiste de la soledad, podía parecer que buscabas también la compañía de tu hermano. Pero ahora, al irte al desierto, dejas incluso a tu hermano. ¡Y cómo lo apreciabas! ¡Cuánto amor le tenías! ¡Qué afecto tan particular te ligaba a él! A nadie hubieras podido amar más sino al desierto mismo. Y cuando, después de un maduro examen, lo preferiste a éste, decidiste, no amarlo menos a aquél, sino amar más a éste. Mostraste cuán grande era tu amor por la soledad ante el cual, aquel otro gran amor le cedía el puesto. Pero ¿qué es para ti el amor al desierto? ¿o cómo hay que llamarlo, sino amor a Dios? Lo que hiciste, entonces, fue guardar el orden de la caridad prescrito por la ley: primero amar a tu Dios, y luego al prójimo[4].

2. Yo pienso que aquél, considerando tu provecho, no sólo no se opuso a tu viaje y a tu proyecto, sino que de un modo inusual entre personas tan unidas, quiso incluso que tú te alejaras. Él te quiere también mucho, y por amor hacia ti prefirió tu bien. Y aunque el amor que te profesa sea muy grande y profundo, su dignidad lo mueve a buscar tu provecho[5].

 

[El desierto]

3. Tú diste todos tus bienes a los pobres de Cristo[6], y te hiciste así rico en Él. Joven por los años, te mostraste anciano por las costumbres. Tienes una inteligencia clara y una palabra brillante. Pero lo que ante todo he admirado en ti, fue que desearas así la soledad. Por eso, tú, que me pides frecuentemente en tus muy largas y elocuentes cartas que te responda más extensamente, vas a tener que soportar un poco, sabio como eres, mi ignorancia[7], mientras te expongo la multiplicada gracia que el Señor le concede a este querido desierto tuyo.

Yo llamaría al desierto templo sin límites de nuestro Dios. Podemos pensar que Aquel que vive en el silencio, halla su gozo en el secreto. Pues muchas veces se apareció allí a sus santos, y no despreció la compañía de los hombres en este lugar propicio.

En efecto, es en el desierto donde Moisés, con el rostro radiante ve a Dios[8]; en el desierto es donde Elías, temiendo su rostro, se vuelve para no ver a Dios[9]. Y aunque Dios esté en todas partes como en su propio dominio, sin que se exceptúe ningún lugar, se puede pensar, sin embargo, que está de un modo especial en lo oculto del cielo y del desierto.

4. Cuentan que, en cierta ocasión alguien preguntó a otro en qué lugar creía que estaba Dios, para acudir allí, sin vacilar, dónde Él estuviera. El otro, llevándolo hasta la soledad amplia y extensa del desierto, le mostró el retiro del vasto lugar solitario[10] y le dijo: “Es aquí donde está Dios”. Y no lo dijo sin razón, pues uno fácilmente puede pensar que está, donde fácilmente se lo encuentra.

 

[Adán]

5. En el principio, cuando Dios creaba sabiamente las cosas, asignándole a cada una su propia finalidad[11], quiso que esta parte de la tierra no fuera inútil y despreciable[12]. Él creó todo no sólo mirando lo que valían las cosas en el momento presente, sino también previendo el futuro. Por eso, creo que preparó el desierto pensando en los santos que iban luego a vivir allí[13]. Quiso que fuera rico en estos frutos, y en lugar de concederle una naturaleza más benigna lo hizo fecundo en santos. Hizo que fueran ubérrimos los confines del desierto cuando regó los montes desde su morada (Sal 103 [104],13) y los valles abundaron de copiosa mies[14], supliendo la pobreza de esas regiones al dotar con moradores aquel sitio estéril.

6. Aquél que fuera el Señor del paraíso, viviendo en aquel lugar de delicias[15], transgredió luego el precepto y no fue capaz de guardar la ley prescrita por Dios[16]. Cuanto más agradable era ese lugar de delicias, tanto más estaba inclinado a pecar. En consecuencia la muerte lo sometió bajo su ley, y aún más, extendió también hasta nosotros su aguijón[17]. Por eso, quien desee la vida[18], viva en el desierto, porque el que vivió en las delicias sólo logró la muerte. Pero pasemos ya a otros ejemplos posteriores, escogidos siempre entre los que hemos recibido de Dios.

 

[Moisés]

7. Moisés, cuando conducía su rebaño por el desierto, vio desde lejos a Dios bajo la forma de fuego que ardía y que no consumía. Y no sólo lo vio, sino que también lo oyó hablar[19]. Fue entonces cuando el Señor le mandó quitarse el calzado, declarando de este modo que la tierra del desierto era santa[20]. El lugar -dijo- donde estás, es santo (Ex 3,5)[21]. Manifestó así con claridad la dignidad de su nobleza oculta. Y si Dios confirmó la santidad del lugar con la santidad que le pidió a su testigo, me parece que también tácitamente afirma que el que se va al desierto debe desasirse de las viejas obligaciones y de los cuidados de la vida, para entrar libre de las anteriores ataduras, y no mancillar el lugar.

Es en el desierto donde Moisés es encargado de comunicar lo que Dios habla familiarmente con él. Escucha sus palabras y las transmite luego; se informa de lo que debe decir y de lo que debe hacerse, y a su vez lo enseña; habla con el Señor del cielo y se comunica familiarmente con Él[22]. Es allí donde empuña el bastón poderoso en obras prodigiosas[23]. Y el que entró en el desierto como un pastor de ovejas, es enviado desde el desierto como pastor de pueblos.

8. Además, el pueblo de Dios para liberarse y cortar con las obras terrenales ¿no se lanzó, acaso, por caminos fragosos y se internó en la soledad, para encontrarse en el desierto con Dios, que lo había liberado de la esclavitud[24]? Se internaba en el desierto, en la extensa y terrible inmensidad, bajo la guía de Moisés[25]. ¡Qué grande es la magnitud de tu bondad, Señor! (Sal 30 [31],20). Moisés, al entrar en el desierto había visto a Dios, y vuelve ahora para verlo de nuevo[26]. El mismo Señor conducía a su pueblo al desierto y le indicaba el camino. Guiaba a los caminantes mostrándoles una columna que brillaba como fuego, o que era blanca como una nube, según fuera de noche o de día[27]. Les daba así a sus servidores una señal del cielo haciendo que la misma mole blanquecina refulgiera con destellos diferentes. Israel veía y seguía de lejos el resplandor brillante del fuego resplandeciente, y el Señor se anticipaba con su luz a mostrarles el camino a los que se internaban en lo profundo del desierto.

9. A este mismo pueblo que iba al desierto se le abrieron las barreras de un mar sin camino que se interponía en su ruta[28]. Holló con sus pisadas el lecho de las aguas profundas, metiendo su ejército polvoriento en las rojas arenas[29], mientras contemplaba desde lo profundo del valle las aguas detenidas[30] como montes amenazadores. Así fue salvado de la gente, y atravesó las aguas[31].

10. La fuerza del poder de Dios no se limitó a este prodigio, sino que hizo que las aguas volvieran luego a cubrir el camino que habían recorrido ellos, destruyendo así al enemigo, e interponiendo de nuevo el obstáculo del mar[32]. Abrió un camino por las aguas y lo cerró luego derramándolas[33], para facilitar la marcha a los que pasaban y para impedirles el regreso[34].

11. Aquel pueblo recibió esta gracia cuando caminaba por la soledad. Muchos otros favores obtuvo, además de éste. Allí también el Señor sació su sed con un prodigio inesperado cuando hizo manar agua de la piedra que golpeó Moisés[35]. Sacó de las rocas reacias arroyos que manaban de una fuente natural, e impuso, con oculto poder un inmediato cambio de comportamiento a las escondidas corrientes de agua. Y no sólo hizo brotar un río en el interior de rocas áridas, sino que también quitó la amargura de las aguas haciendo que se volvieran dulces[36]. Allí las hizo brotar; aquí las endulzó. Y no mostró un mayor milagro al sacar agua de las rocas, que al sacar unas aguas de otras aguas. El pueblo se admiró del auxilio celestial al percibir su acción, tanto en estas aguas que ya existían, como en aquellas que no existían.

12. Allí también el pueblo recogió la comida, enviada del cielo, que blanqueaba en el suelo, cuando el Señor hizo caer pan de las nubes, como una lluvia seca. Cayó el maná en la tienda y en sus alrededores, como una nevada[37], y el hombre comió pan de ángeles (Sal [77] 78,25). Y porque a cada día le basta su malicia (Mt 6,34) les dio el alimento diariamente, juntamente con la prescripción de no pensar en el mañana[38]. Y puesto que esta tierra no podía proporcionarles alimento a los que vivían entonces en el desierto, el cielo se los proporcionaba.

13. El hebreo, habitando en el desierto, recibió la ley y los decretos del cielo, cuando Dios permitió que se acercara para mostrarle los signos escritos en las tablas por el dedo divino[39]. Salió del campamento en busca del Señor y se dirigió hacia la raíz del monte[40]. Vio, ciertamente lleno de miedo, aquella cumbre del Sinaí, aterrorizado ante la alta majestad que la ocupaba[41]. Miró de lejos, atónito, el monte que echaba humo y derramaba fuego[42], que hasta ese momento se le había ocultado tras una nube espesísima. Entonces sintió miedo de los rayos que relampagueaban con fuego visible, y de los truenos que continuamente mezclaban su fragor con un resonante sonido de trompetas[43]. Así fue como los hijos de Israel, mientras habitaban en la soledad, pudieron ver el trono de Dios y oír su voz.

14. Esta nación pudo, en otro tiempo, tener tales experiencias. Fue agraciada milagrosamente, cuando vivía en el desierto, con un alimento inusual y con una bebida dada repentinamente. Sus vestidos tampoco sufrieron desgaste alguno[44], puesto que lo que los cubría permanecía inalterable. Lo que no les proporcionaba la naturaleza en aquellos lugares, la manifiesta magnificencia de Dios lo procuraba[45]. Apenas uno de los santos alcanzó semejantes dones de la gracia celestial, aquél que dijo de este pueblo: Con ninguna nación obró así (Sal 147,20) el Señor. En realidad le dio dones especiales y le concedió lo inaudito, cuando alimentó al pueblo en el desierto con estos regalos divinos.

15. Estos hechos son para nosotros como una figura, y lo que se nos muestra en ellos está lleno de ocultos misterios[46]. Todos los que fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar, comieron del alimento espiritual[47]. Pero aunque todo esto encierre la fe de las cosas futuras, no dejan por eso de ser hechos verdaderos. Y ciertamente, no es menor la alabanza que se debe al desierto porque las cosas que allí sucedieron deban ser referidas a misterios profundos. Nada le quita al don de la integridad del cuerpo y los vestidos el que este hecho signifique un aspecto de la vida futura. Incluso es gran gloria para el lugar, si el desierto puede procurarles a estos, lo que la felicidad del siglo bienaventurado les concede a aquellos.

16. ¿Y por qué fue que los hijos de Israel alcanzaron la tierra deseada, sino porque habitaron primero en el desierto[48]? Para que el pueblo llegara a poseer luego la misma tierra que mana leche y miel (Dt 6,3)[49], primero tuvo que vivir en ésta, árida e inculta. Siempre todo camino que conduce a la patria verdadera, comienza con una estadía en el desierto. Habite en la tierra inhabitable[50] quien quiera gozar de la dicha del Señor en el país de la vida (Sal 26 [27],13)[51]. Sea huésped de aquél quien quiera ser ciudadano de éste[52].

 


[1] Cuadernos Monásticos n. 105 (1993), pp. 259-290. Traducción castellana del P. Pablo Saenz (+), osb, a partir del texto latino crítico editado por Salvatore Pricoco, Eucherii: De laude eremi. Recensuit, apparatu critico et indicibus instruxit Salvator Pricoco, Università di Catania, Centro di Studi sull’antico cristianesimo, 1965.

[2] Gn 12,1; Hch 7,3.

[3] Cf. Lc 2,13. Este “maestro de la milicia celestial”, sin duda, es Honorato.

[4] Cf. Lv 19,18; Dt 6,5; Mt 22,34 ss. y paralelos. “Para Euquerio el desierto es por sí mismo una garantía de santidad, porque goza del supremo privilegio del favor divino; buscar y amar el desierto equivale a buscar y amar a Dios” (S. Pricoco, L’isola dei santi. Il cenobio de Lerino e le origini del monachesimo gallico, Roma, Edizioni dell’Ateneo & Bizzarri, 1978, p. 137 [en adelante: L’isola]). Cf. § 4.

[5] Alusión a la relación de amistad entre Honorato e Hilario.

[6] Cf. Pr 11,24; Mt 19,16 ss. y paralelos. Probablemente haya aquí una referencia velada a la distribución de sus posesiones por parte de Hilario; cf. L’isola..., p. 50, nota 91.

[7] Cf. Sal 68 (69),6; 2 Co 11,1.

[8] Cf. Ex 3; 34,29; 2 Co 3,7. 18.

[9] Cf. 1 R 19,12-13. “Euquerio insiste en hacer de las visiones de lo divino y lo sagrado la prueba máxima del privilegio concedido al desierto, tierra de las teofanías del Antiguo y del Nuevo Testamento” (L’isola..., p. 185, nota 213).

[10] Cf. Dt 32,10.

[11] Cf. Si 16,26.

[12] Cf. Gn 1,1 ss.

[13] “... Euquerio hace una rápida pero cuidadosa lectura tipológica de la Sagrada Escritura para mostrar que el desierto es un lugar sagrado y destinado ab aeterno a los santos, para concluir que el (desierto) anticipa, en esta vida, la recompensa celestial” (L’isola..., p. 159).

[14] Cf. Sal 64 (65),13-14.

[15] Cf. Gn 2,8. 10. 15; 3,24.

[16] Cf. Gn 2,16-17; 3,1 ss.

[17] Cf. 1 Co 15,55-56; Rm 7,13-25 (muerte y pecado); 6,14 (pecado y ley).

[18] Cf. Sal 33 (34),13.

[19] Cf. Ex 19,9.

[20] Cf. Ex 3,1-5.

[21] Cf. Hch 7,33.

[22] Cf. Ex 3--4.

[23] Cf. Ex 3,2-5; 4,17.

[24] Cf. Ex 13,14.

[25] Cf. Dt 1,19; 8,15.

[26] Cf. Ex 13,20.

[27] Cf. Ex 13,21-22; Dt 1,33; Ne 9,19; Sal 77,14.

[28] Cf. Ex 14,21-22; Virgilio, Eneida IX,128-132: “Este prodigio no es favorable a los troyanos; el mismo Júpiter les ha privado de su ordinario recurso; los rútulos ya no tendrán que combatir, ni quemar sus naves, pues, no pudiendo los troyanos huir por el mar, no les queda más que la tierra de la cual somos dueños nosotros” (trad. de M. Querol, Publio Virgilio Marón: La Eneida, Barcelona, Ed. Iberia, 1968, p. 194).

[29] Cf. Virgilio, Eneida IV,154-155: “... los ciervos atraviesan corriendo las despojadas llanuras, abandonan los montes, se agolpan formando un rebaño y huyen entre nubes de polvo” (trad. cit., p. 76).

[30] Cf. Jos 3,16.

[31] Cf. Ex 14,15 ss; Prudencio (+ hacia el 405), Cathemerinon V,59-60.65: “Los hebreos, tostados por los soles de Pelusia, olvidados ya de su antigua esclavitud, fatigados, habían acampado, como huéspedes, en los rojos litorales del mar Purpúreo... Las aguas divididas, presentan un camino a los viajeros; el agua de los contornos se detiene en vasos (liquoribus) de cristal, mientras el pueblo de Dios pasa por el mar abierto”; trad. de I. Rodríguez, Obras Completas de Aurelio Prudencio, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1950, p. 65 (BAC 58).

[32] Cf. Prudencio, Psychomachia. 654-657: “... bramando el monte de agua desde los cimientos, se precipita y oprime en su vértigo hasta el abismo al ejército de los negros egipcios, dando ya nado libre a los peces y cubriendo rápidamente las desnudas arenas” (trad. cit., p. 343); Cathemerinon. V,85-88: “Tú, que prohibes al mar, no marcado con caminos, el ir formando sus olas con rápidas corrientes, para que, bajo tu imperio, hubiera un paso seguro entre las olas inmóviles y al punto la ola voraz absorbiera a los impíos” (trad. cit., p. 67).

[33] Cf. Prudencio, Cathemerinon V,74-77: “Los ejércitos reales iban por el medio de las olas precipitados en veloz carrera; pero las aguas se juntan en una, volviendo a su estado natural con el confluir de las olas” (trad. cit., p. 67).

[34] Cf. Ex 14,26 ss; Sal 77 (78),53.

[35] Cf. Ex 17,3-7; Nm 20,11; Ne 9,15; Sal 77 (78),16-20; 104 (105),41; Prudencio, Cathemerinon V,89-92: “... las áridas rocas del desierto revientan en numerosas corrientes y la piedra golpeada mana nuevos licores, que sacian la sed abrasadora de los pueblos bajo el cielo tórrido” (trad. cit., p. 67).

[36] Cf. Ex 15,23-25.

[37] Cf. Ex 16,11 ss; Nm 11,31; Sal 77 (78),24. 27-28; Prudencio, Cathemerinon V,97-98: “Un manjar que cae como la nieve llena los campamentos, penetrando más denso que el granizo helado” (trad. cit., p. 67).

[38] Cf. Ex 16,4. 16. 19. 21.

[39] Cf. Dt 9,10.

[40] Cf. Ex 19,17; Dt 4,11.

[41] Cf. Ex 20,18; 2 M 2,8.

[42] Cf. Ex 19,18; 20,18; Dt 4,11.

[43] Cf. Ex 19,16.

[44] Cf. Dt 8,2-4; 29,5; Ne 9,21; Hch 13,18.

[45] Cf. Sal 106 (107),13. 19. 28.

[46] Cf. 1 Co 10,6.

[47] Cf. 1 Co 10,2-4.

[48] Cf. Sal 105 (106),24; Za 7,14.

[49] Cf. Dt 26,9; 27,3; Jos 5,6.

[50] Cf. Jr 2,6.

[51] Cf. Sal 114 (115),9.

[52] Cf. Ef 2,19.