Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [69]

5.2.2. El monasterio de Lérins

El Monacato de Lérins. Desde Honorato hasta Cesáreo de Arlés (400-543). Lectura de algunos textos[1]

Algunos años después de la muerte de San Martín, hacia el año 400, en el momento en que aparecían los primeros documentos que daban a conocer al mundo latino el monacato egipcio y capadocio[2], Honorato se retira a la isla de Lerina, actualmente isla de San Honorato de Lérins, en la bahía de Cannes. Lérins pasará a ser la sede y la cuna de un monacato original, trasplantando en la Provenza muchos rasgos orientales y uniéndolos en una síntesis original.

Trataré de esto en cuanto no especialista, dejando de lado el contexto político tratado por Friedrich Prinz[3], la inserción en el contexto cultural e ideológico, estudiados por S.Pricoco[4], sin tampoco haber profundizado la materia gracias a la reciente tesis de C. M. Kasper[5]. Daré simplemente, como me lo pidieron, una exposición de iniciación, tratando de presentar las principales personalidades lerinenses, esbozando después la doctrina de las Homilías a los monjes de la Collectio gallicana, que tal vez pertenezcan a Fausto de Riez. Los otros problemas o documentos serán solamente evocados, y podrán encontrar lugar en la discusión[6].

No podemos resistir al placer de citar encendida la presentación del De laude eremi de Euquerio de Lyon, que nos muestra a Lérins en su antiguo apogeo:

“(Lérins) era digna de estar fundada en las disciplinas celestiales, bajo la autoridad de Honorato. Merecía tener un padre tan grande para tan grandes instituciones (institutis), resplandeciendo con el vigor y la imagen del espíritu apostólico; era digna, después de haberlo recibido, de dejarlo partir de la misma manera (ita emitteret). Es digna de alimentar a los monjes más eminentes y de producir los sacerdotes (sacerdotes) que envidiamos. Ahora tiene a su sucesor, que se llama Máximo, ilustre por el hecho mismo de haber sido colocado en su lugar. Tuvo a Lupo, de nombre venerado, que nos recuerda aquel lobo de la tribu de Judá. Tuvo a su hermano, Vicente, una piedra preciosa que resplandece con un brillo interior. Ahora tiene a Caprasio, venerable por su gravedad, igual a los santos de antiguo; tiene ahora a esos santos ancianos que, en celdas separadas (divisis), han introducido en nuestras Galias a los Padres egipcios”[7].

Personas, instituciones, santidad y espiritualidad, influencia oriental: eso es lo que vamos a examinar. Seguiremos primero el orden de las principales personalidades que nos son conocidas.

A) LAS PERSONAS

I. Honorato

1. Su vida

Nacido entre el 345-370 en una familia que alcanzó el cargo consular, sin duda en la Galia Bélgica (al norte de Lyon), bautizado en su adolescencia a pedido suyo y a pesar de su padre (Vita, 5-6), atrae a la fe a su hermano mayor Venancio. Hacia el 395 (?) con Caprasio, su guía, los dos hermanos se embarcan para Oriente (¿Egipto?), pero Venancio muere en Grecia, en Metonia. Caprasio y Honorato vuelven a Galia por Italia.

Hacia el 400 el obispo Leoncio de Fréjus los envía a la pequeña isla de Lerina, todavía desierta. Allí construyen iglesia y viviendas.

“Es una isla desierta, en razón de su aspecto excesivamente austero, inaccesible por el temor que inspiran sus bestias venenosas, situada al pie de la cadena de los Alpes: allí van. Su ubicación aislada era propicia, y además tenía la ventaja de la cercanía de un santo y bienaventurado hombre en Cristo, el obispo Leoncio, a quien le unía un profundo afecto.

Allá, por sus cuidados, se levanta el santuario de una iglesia con capacidad para albergar a los elegidos de Dios; también se levantan construcciones apropiadas para la vivienda de los monjes; las aguas negadas a los paganos corren en abundancia, y su solo brotar, reproduce dos milagros del Antiguo Testamento: por manar de una roca, y por ser agua dulce que corre en medio de las aguas saladas del mar” (Vita III,15,2; 17,1).

Honorato funda el establecimiento monástico que Casiano llamará ingens coenobium en el 426, en su prefacio a las Colaciones 11 a 17. Ese monasterio tendrá una regla: «Tomó de las enseñanzas de los Padres egipcios los preceptos de una regla apostólica, compuesta a partir de uno y otro Testamento»[8]; y el concilio de Arlés del 449-461 legislará sobre un diferendo con Fausto «guardando en todo la Regla que ha establecido el fundador del monasterio»[9]. El P. A. de Vogüé ve esa regla en la Regla de los Cuatro Padres, y en la Segunda Regla de los Padres[10]  la que Honorato habría escrito en el momento de dejar Lérins para confirmar la autoridad de su sucesor, Máximo, el futuro obispo de Riez.

En el 426 o 427 Honorato fue elegido obispo de Arlés. Murió enseguida (430); al año siguiente, su primo y sucesor en Arlés, Hilario, pronuncia su elogio[11].

 

2. Honorato, asceta y padre espiritual

Honorato, asceta extremadamente duro consigo mismo, tenía el carisma de guía espiritual. Parece haber reunido una comunidad variada, que sin duda contaba con homólogos del godo desmalezador de san Benito:

“¡A qué raza bárbara no le ha enseñado la dulzura! ¡Cuántas veces no cambió bestias feroces en dulces palomas! ¡Sobre qué caracteres, tal vez llenos de aspereza, no ha derramado la mansedumbre de Cristo!, y aquellos para quienes su mal (carácter) natural era antes su propio castigo, fueron más tarde, por su buen modo, las delicias de todos. Apenas hubieron gustado el sabor de lo bueno no pudieron impedir el odiar cada vez más aquello que habían sido. En efecto, como llevados a una luz nueva, detestaban esa vieja prisión en la que los retenían las faltas arraigadas” (III,17,5).

Estaba, ante todo, penetrado de caridad hacia sus discípulos:

“Admitiendo que, por sus vivas exhortaciones, no consiguiese que un hombre obrara su salvación, él hubiese podido forzar a ello a Dios con su oración, pues estimaba como suyos los sufrimientos de todos y los lloraba como propios; consideraba como propios los esfuerzos de todos sabiendo alegrarse con los que están alegres, llorar con los que lloran, aprovechaba del mismo modo las virtudes y los vicios de todos para aumentar el número de sus méritos” (III, 17,5).

Lleno de intuición, sabía adaptar su pedagogía a los caracteres, mezclando las exhortaciones con la firmeza:

“Activo, diligente, infatigable, prosiguió su acción según lo que había penetrado acerca de la naturaleza y comportamiento de cada uno; a este lo reprendía a solas, a aquél públicamente, a aquél otro con severidad, a tal otro con dulzura; y para transformar la reprimenda, a menudo, cambiaba hasta la forma misma de la reprensión. Tal era el resultado obtenido, que difícilmente hemos visto a otro suscitar a ese punto afecto o temor; en efecto, inspiraba tan bien los dos sentimientos a cada uno de los suyos que el afecto hacia él implicaba temor de faltar, y el temor que tenían de él, amor a la disciplina” (III, 17,8-9).

Sabía también proporcionar el esfuerzo ascético a las fuerzas de cada uno:

“Es imposible pensar hasta qué punto tenía la preocupación de no dejar a nadie abatido de tristeza u obsesionado por los cuidados del mundo; discernía con gran habilidad lo que hería a cada uno, como si llevase en su alma el alma de cada uno; además, con qué misericordioso discernimiento sabía prever para que nadie fuese agotado por exceso de trabajo, ni que nadie se cargase con un reposo excesivo. Podría decirse que medía con benevolencia el tiempo del sueño de cada uno: sacando de la ociosidad a aquellos que eran de salud robusta, forzaba a descansar a aquellos que estaban animados por un fervor espiritual. Conocía las fuerzas de cada uno, las disposiciones de todos, el temperamento de todos, por medio de una intuición que, yo creo, le venía de Dios, habiéndose hecho el servidor de todos a causa de Jesucristo (cf. 1 Co 10)” (IV,18,1-2).

Este buen pastor conocía sus ovejas:

“Éste sufre de frío, este otro está enfermo; para aquél este trabajo es muy pesado; a aquél otro este alimento no le cae bien; aquél ha sido ofendido por otro: es algo serio que el segundo haya cometido una injusticia, pero no es menos grave que el primero se haya resentido. Es necesario cuidar intensamente para que el segundo reciba el perdón por su ofensa, y que el primero considere leve o inexistente la injusticia que le hicieron, pero que el segundo sienta pesar de haber cometido tan grave falta (IV,18,4).

En efecto, éste era el sentido del peso que él imponía: hacer ligero para todos el yugo de Cristo y desmantelar todos los engaños del diablo; después de haber disipado la nube de faltas, devolver la calma serena del perdón; amando, restablecer el amor de Cristo y del prójimo; emplear toda solicitud en cultivar las almas de todos como si fuese su propio corazón; suscitar nuevamente el gozo; y sin descanso, como en el primer día de su conversión, inflamarse con el deseo de Cristo” (IV,18,5).

El texto siguiente, de Fausto de Riez, muestra una repartición de tareas entre Honorato y Caprasio, gobernando el primero, aconsejando e intercediendo por la comunidad el segundo. Nos recuerda el ejemplo oriental del superior recluso, como Barsanufio y Juan, que dirigían el monasterio de Séridos por intermedio del segundo.

“Elevado entre las cimas de sus virtudes, nunca pensó que bastaba con fiarse sólo de sí mismo, aunque era consciente de la gracia divina que estaba en él; sino que habiendo tomado por alivio y socio al bienaventurado Caprasio, todo cuanto debía ordenar y realizar lo ponía a consideración y juicio de él, como sobre una balanza exactísima. Así introdujo con él la gloria de Cristo en ese desierto y, tales como otros Moisés y Aarón, preparó un campo para los pueblos que debían subir hacia la tierra prometida. Hicieron salir de Egipto a los hijos de Israel -rebaño pequeño, pero escogido- gobernándolos, uno por sus órdenes, el otro por su consejo; uno velaba con el cargo de pastor atento, el segundo, habitando en lo secreto como si estuviese retirado sobre la montaña, suplicaba a Dios con una oración incesante; y así, como dos columnas, precedían la marcha de Israel. Ese lugar estaba iluminado por la luz de uno y refrescado y protegido por el consuelo del otro como por una sombra[12].

 


[1] Artículo escrito por el P. Vicente Desprez, osb (Abadía de San Martín, Ligugé, Francia), y publicado en Cuadernos Monásticos, n. 114 (1995), pp. 379-405. Traducción del abad Fernando Rivas, osb (Abadía de San Benito).

[2] Carta 22 de Jerónimo a Eustoquium (384); Historia Monachorum, de Rufino en el 397; traducción de Rufino, en Italia, del Pequeño Asceticón de Basilio (397); Diálogos, de Sulpicio Severo y traducción de Jerónimo de la Regla de Pacomio (404). Los escritos de Casiano representarán una segunda ola oriental en los años 420-427.

[3] Fr. PRINZ, Frühes Mönchtum im Frankenreich, Munich 1965 y 1988. Los comienzos del monacato en Galia están evocados en «Désert et ascèse» por P.-A. Février, en pp. 113-145 de la Histoire religieuse de la France, dir. R. Rémond y J. Le Goff, t. I, Des dieux de la Gaule à la papauté d’Avignon, dir. J. Le Goff, Paris, Seuil, 1988, donde el capítulo I, «Religiosité traditionnelle et christianisation», pp. 39-166, por P.-A. Février, da el cuadro general. Sobre los personajes, ver los artículos y noticias del Dictionnaire de spiritualité, del Dictionnaire d’histoire et de géographie ecclésiastique, del Dizionario enciclopedico di antichità cristiane (Torino, Marietti 1983), traducido en Dictionnaire encyclopédique du christianisme ancien (Paris, Cerf 1988), del Dizionario degli Istituti di Perfezione, de la Bibliotheca sanctorum, y más recientemente de la Initiation aux Pères de l’Église, t. IV, dir. A. di Berardino, Paris, Cerf, 1986, pp. 653-705 (por A. Hamman). Algunas abreviaturas: CCSL: Corpus christianorum Series latina, Turnhout Brepols; CSEL: Corpus scriptorum ecclesiasticorum latinorum, Viena; SC: Sources chrétiennes, Paris.

[4] S. PRICOCO, L’isola dei santi. Il cenobio di Lerino e le origini del monachesimo gallico, Roma, Ateneo e Bizarri, 1978.

[5] Clemens M. KASPER, s.o.c., Theologie und aszese. Zur Spiritualität des Inselmönchtums von Lérins im 5. Jh (Beiträge zur Geschichte des Alten Mönchtums 40), Munich 1991. Discusión de esta tesis por A. de Vogüé, «Les débuts de la vie monastique à Lérins. Remarques sur un ouvrage récent», Revue d’histoire ecclésiastique 88, 1993, pp. 5-53. No hemos podido llegar a los trabajos de R. Nouailhat y de R. Nümberg mencionados por este último, p. 5 n. 4.

[6] El autor se refiere a la discusión que seguiría a esta ponencia suya (N.del T.).

[7] EUQUERIO DE LYON, Éloge du désert, ed. S. Pricoco, Catania 1965, pp. 76 ss.; trad. L. Cristiani. Saint EUCHER DE LYON. Du mépris du monde, Paris 1950, p. 87s. (revisada). Esas «celdas separadas» no excluyen el cenobitismo a la manera de Pacomio, como lo nota A. de Vogüé, «Les débuts de Lérins», pp. 20 ss.

[8] FAUSTO DE RIEZ, Panegírico de Honorato, Sermón 72,13 de la Collectio gallicana, CCSL 101 A, p. 780, cf. p. 776.

[9] Concilio del 449-461, en Concilia Galliae, ed. Ch. Munier (CCSL 148), p.134.

[10] Les Règles des saint Pères, ed. A. de Vogüé (SC 297-298).

[11] HILAIRE D’ARLES, Vie de Saint Honorat, trad. M.-D. Valentin (SC 235); texto tomado de Vitae sanctorum Honorati et Hilarii episcoporum arelatensium, rec. S. Cavallin, Lund 1952.

[12] FAUSTO DE RIEZ, Homilía 72,5-6, CCSL 101 A, p. 776.