Capítulo 2. Las palabras de abba Piamun sobre cómo los monjes sin formación deben ser instruidos con el ejemplo de los ancianos
Esforzarse por imitar a nuestras ancianas y a nuestros ancianos
2.1. [Piamun]: «Hijos míos, cuando una persona desea adquirir destreza en algún arte, debe entregarse con sumo cuidado y atención al aprendizaje de la disciplina que quiere dominar, y debe observar los preceptos y las enseñanzas de los maestros más consumados en este arte; de lo contrario, anhelará en vano lograr parecerse a aquellas personas cuyo esfuerzo y dedicación rechaza imitar.
La verdadera finalidad de la visita a los monasterios
2.2. Porque hemos conocido a algunas personas que han venido a este lugar desde sus regiones con el fin de recorrer los monasterios de los hermanos simplemente para conocerlos, pero no para recibir las reglas e instituciones por las que vinieron hasta aquí, y luego volver a sus celdas, para intentar poner en práctica lo que habían visto o les habían contado. Aferrándose a sus costumbres y usanzas, en las que habían sido formados, como algunos se lo reprochaban, se pensaba que habían cambiado de provincia no por su propio progreso, sino por la necesidad de escapar de la pobreza, y mucha gente les reprocha esto.
Visitas desaprovechadas
2.3. No solo fueron incapaces de recibir ninguna instrucción, sino que ni siquiera pudieron permanecer más tiempo en estas tierras, debido a la obstinación de sus mentes tercas. Puesto que no cambiaron ni su forma de ayunar, ni su manera de salmodiar, ni siquiera la ropa que vestían, ¿por qué habría que pensar que habían venido a esta región para otra cosa que no fuera simplemente abastecerse de comida?».
Capítulo 3. Que los jóvenes no deben discutir los preceptos de los ancianos
Los ancianos en la vida monástica son nuestros maestros
3.1. «Por lo tanto, si, como creemos, es Dios el motivo que los ha llevado a buscar nuestro conocimiento, deben renunciar por completo a todas las instituciones que acompañaron sus primeros comienzos en el lugar anterior, y seguir con gran humildad todo lo que vean que nuestros ancianos hacen y enseñan. Tampoco deben sentirse conmovidos, apartados del propósito o impedidos de imitarlos, incluso si la razón o la causa de una cosa o acción en particular no les resulte clara en ese momento, porque el conocimiento de todo lo alcanzan aquellos que piensan bien y con sencillez sobre todos los asuntos y se esfuerzan por imitar fielmente en lugar de discutir todo lo que ven que enseñan y hacen los mayores.
La acción del astuto enemigo
3.2. Pero quien comience a ser formado mediante la discusión nunca comprenderá la razón de la verdad, porque el enemigo verá que confía en su propio juicio más que en el de los padres y fácilmente lo llevará al punto en que incluso las cosas que son muy beneficiosas y saludables le parecerán inútiles. El astuto enemigo jugará con su presunción de tal manera que, aferrándose obstinadamente a sus propias convicciones irracionales, se persuadirá a sí mismo de que solo es santo lo que él considera correcto y muy justo, guiado únicamente por su errónea obstinación».
Capítulo 4. Sobre los tres tipos de monjes que hay en Egipto
La influencia de la presentación que san Jerónimo había hecho sobre los tres géneros de monjes no se debe minimizar:
“Tres géneros de monjes hay en Egipto: los cenobitas, a quienes en la lengua del país llaman saubes, y nosotros podemos llamar los que viven en comunidad; los anacoretas, que moran solos por los desiertos y reciben su nombre del hecho de retirarse de entre los hombres; el tercer género es el que llaman remnuoth, el más detestable y despreciado, y que en nuestra provincia es el único o el principal. Estos habitan de dos en dos o de tres en tres o poco más, viven a su albedrío y libertad, y del fruto de su trabajo depositan una parte para tener alimentos comunes. Por lo general, habitan en ciudades y villas y, como si fuera tanto el oficio y no la vida, ponen a mayor precio lo que venden. Hay entre ellos frecuentes riñas, pues viviendo de su propia comida no sufren a sujetarse a nadie. Realmente suelen rivalizar en ayunos, y lo que debiera ser secreto lo convierten en competición abierta. Entre ellos todo es afectado; anchas mangas, sandalias mal ajustadas, hábito demasiado basto, frecuentes suspiros, visitas a vírgenes, murmurando contra los clérigos, y, cuando ocurre una fiesta algo más solemne, comen hasta vomitar”[1].
Lo primero que debemos saber
4.1. «Por lo tanto, lo primero que se debe saber es cómo y dónde surgió el orden y el principio de nuestra profesión. Porque una persona podrá dedicarse a la disciplina del arte deseado de manera más eficaz y se sentirá atraída a ejercerlo con más fervor cuando reconozca la dignidad de sus autores y fundadores.
Tres clases de monjes
4.2. En Egipto hay tres tipos de monjes. Dos de ellos son muy buenos, mientras que el tercero es tibio y debe evitarse por completo. El primero es el de los cenobitas, que viven juntos en comunidad y se rigen por el juicio de un anciano. El mayor número de monjes que habitan en Egipto son de este tipo. El segundo es el de los anacoretas, que primero reciben instrucción en los cenobios y luego, perfeccionados en su forma de vida práctica, eligen los lugares desiertos. Nosotros también hemos elegido formar parte de esta profesión. El tercera y censurable tipo es el de los sarabaítas. Trataremos de cada una de ellos por orden y con mayor detalle.
Los fundadores
4.3. Debemos conocer primero, como hemos dicho, a los fundadores de estas tres profesiones. De esta manera podrás despertar tanto el odio por la profesión que debe evitarse como el deseo por aquella que debe seguirse, porque cada camino lleva inevitablemente a quien lo recorre al final al que llegó su autor y descubridor.
[1] Epístola 22,34; BAC 710, pp. 210-211.
